martes, 17 de enero de 2017

Expedición Diario Verde Caquetá, por Haití: el dolor devora el corazón


Solitario, en el aeropuerto de Punta Cana, absorto, pero sintiendo los síntomas de la grandeza y la felicidad tras el recorrido de 2 semanas por la isla La Española, siento crecer los sonidos de una fanfarria triunfadora que reverberan en mi alma sensitiva.
Las almas tristes de los haitianos, deformadas por el yugo de la desigualdad, una tristeza resignada y fundida con la desesperanza, en contraste con la alegría casi sensual de los dominicanos, que se percibe con toda intensidad en su paraíso, en la joya de su corona turística, Punta Cana.
El dolor enardecido de los habitantes de Cabo Haitiano, con sus amaneceres pálidos, el sol de medio día que saca los olores putrefactos de los promontorios de basuras y el atardecer triste y desolado a la orilla del mar, cuyas olas inquietas mueren entre el fango y los desechos.
La armonía de los dominicanos, con su simpatía galopante, sus canciones como mariposas de colores y sus mujeres expuestas como lirios del jardín antillano a disposición del tumulto turístico. Punta Cana es el patio de recreo de las más rancias oligarquías del planeta.

El dolor y la maldición de los haitianos les quitan el deseo de hablar y un sentimiento de indiferencia, casi odio, los hace renunciar  a la palabra con el “blanco”, con lo cual se alarga la distancia, de hecho alterada por la brecha del lenguaje. En esa onda del silencio, pierden no solo el turista sino también los nativos que no pueden hacer visible su fatalidad.
La atmósfera de sueños en sus playas, en sus campos, en sus ciudades, en sus espíritus; con el azul turquesa limpio e infinito del cielo, los dominicanos disfrutan la plenitud de su entorno, de sus riquezas, de su sol, supervalorados por el turismo internacional.
Mi alma rebelde se apacigua y mi espíritu obsesionado por la viruela del ensueño se recrea en un gran paréntesis del dolor que ha vivido Colombia por causa de la violencia.
Solo, en medio del tumulto de este aeropuerto internacional de Punta Cana, recuerdo que Haití fue el primer país que ganó la batalla por la emancipación, por la abolición de la esclavitud, pero las nuevas generaciones parecen haber renunciado a sus ideales históricos y la derrota es aceptada con resignación, estimulada por los pregoneros del conformismo y del ilusionismo, una verdadera plaga en este país.
En cada cuadra hay una iglesia que pregona “el sufrimiento en esta vida para alcanzar la felicidad en la otra”. Cada 10 metros, hay una oficina de lotería y chance que les quita a los locales el poco dinero que consiguen, “con la esperanza de salir de la pobreza”
Como vencidos prematuros, con sus mentes maduras ideológicamente para el dolor, la lucha de los haitianos dejó de ser un deber imperativo de su pueblo, como en Colombia. La inconformidad y la protesta remplazados por la resignación y el vencimiento. Tal vez por el desengaño, por la esterilidad de la lucha, por la traición de sus dirigentes que después de haber abrazado la causa de la libertad, se vendieron a por un plato de lentejas.

La naturaleza se enferma, se agrava y entonces por esos picos y valles haitianos pasan vientos de desolación y de muerte. La cordillera se ve triste, los árboles agotados y cuando no es un terremoto es un huracán y el mundo ve morir a sus pobladores, mira su miseria con indiferencia. La miseria humana de los países y de la gente poderosa es mayor a la miseria de los haitianos que se encuentran en la antesala del sepulcro.
Me sentí  muy extraño entre esos individuos en decadencia que siempre nos miraron como seres caídos de otros planetas y, del mismo modo, algunas veces sentí miedo y piedad por esa procesión de seres desvanecidos que transitan sobre las basuras y entre el lodo en Cabo Haitiano.
En ese panorama de la devastación y de la insolidaridad mundial, entre el fango, los desechos, la hostilidad de la gente, las basuras, el hambre, la miseria y la indiferencia de los países y de la gente rica, vi el cadáver de la esperanza.

Y ante tanto dolor y ante el egoísmo mundial, la disolución de estas imágenes en el cerebro es como un  deber. Y pienso de nuevo en la leyenda bíblica y renuevo mi creencia según la cual Noé es el precursor del odio entre hermanos, con la maldición sobre su hijo Cam, que se ha extendido hasta hoy no solo en Canaán sino por todo el mundo y Haití es una de las más claras expresiones con su cadena de miseria.
Siento por el crimen y por la locura del mundo, el mismo miedo y la misma piedad que sentí por los haitianos.


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