viernes, 6 de enero de 2017

De la opulencia a la desnudez, los hombres dormidos en la idolatría del dinero

Estuve en la playa de Macao y como es ya habitual, a la admiración que me despierta el mar como sublime sagrario de la naturaleza, le siguió el pánico, un miedo invencible como si escuchara el rugido de un león en mi cuello. Pero también sentí las mariposas de la voluptuosidad, el mismo placer que que nos invade cuando besamos, cuando leemos un buen texto, escuchamos una declamación elocuente o cuando vemos nacer el sol en la perspectiva infinita del llano.
La combinación de los colores del cielo y del mar despiertan extrañas sensaciones y si le pudiera dar un tinte tangible a la palabra no sabría cómo pintar esta sensación de ánimo. Todos los ensueños se mueven como las olas y, al contrario, no se desvanecen sino que nos envuelven en lo mas profundo del misterio.
Porque lo bello de verdad es la materialización de un sueño que se expresa  en la armonía de los colores. El cóndor es el soberano rey de las alturas, el mar es el santuario que posee y ejerce la autoridad suprema de la naturaleza. Mi encuentro con el mar siempre me produce emociones mentales tan severas que perturban positivamente mis condiciones anímicas  y el inmenso cielo azul luminoso me pone perfumes de todas las fragancias.
Hacía mucho tiempo que no le daba el homenaje a una persona, de recibirla a la llegada de un viaje y ayer se lo brinde a “Pajarito”, Jorge Enrique Sanchez, promotor de la expedición por la Española, esta isla que comparten los dominicanos y haitianos, en una manifestación de protección y admiración por su terquedad en la continuación del ideal medioambientalista de su padre. Por días, lo he visto como a un niño perdido en el camino, a quien es preciso darle la mano y acompañarlo en sus ilusiones, protegiéndolo de sus miedos y animándolo en sus proyectos. El hombre me anuncio su llegada a Punta Cana, al medio día, procedente de Canada, y viajé desde Santo Domingo para encontrarlo en el aeropuerto.
Los 30 dólares que te cobra el taxi desde el aeropuerto a la zona hotelera, en un recorrido de apenas 25 kilómetros, es la notificación perentoria de que has llegado al paraíso preferido por los ricos de todo el mundo para derrochar el dinero acumulado durante el ultimo año y los comerciantes se relacionan con los visitantes desde esa óptica, aunque tu solo seas un pobre periodista en decadencia.
En el hotel, en las cafeterias, en los restaurantes, en las empresas de alquiler de autos, en los buses -que son “guaguas-, en todas partes te hablan en dos lenguajes monetarios, pesos dominicanos, al cambio de 45-46 por dólar, y en billete verde.
Este almuerzo te vale 500 pesos, u 11 dólares
-La cocacola, 50 pesos, o 2.3 verdes
-Te acompaño durante dos horas por 50 dólares o 2.300 pesitos, te dicen, casi te gritan en la calle las niñas buenas de mala conducta.
Todos los residentes tienen una severa dependencia de los turistas, pero al mismo tiempo los responsabilizan del alto costo de la vida en este paraíso antillano, y el alma colectiva, de cierta manera, odia los gestos de derroche e indiferencia de los visitantes, quienes con soberbia les arrojan el dinero, como con un guante de oro que se empuerca en la miseria de los más pobres, quienes a su vez lo recogen con su resignación antiséptica.

Una autopista de doble calzada, con un entorno muy semejante al de la Isla de San Andrés, debajo de un cielo azul impecable, como recién lavado, nos lleva hasta la zona hotelera y se prolonga hasta Santo Domingo, la capital.
En esa vía, cuando regresábamos de las playas de Macao, quizás las más concurridas de Punta Cana, la imprudencia de un motociclista nos interrumpió la felicidad y estuvo a punto de provocar una tragedia. El hombre, un empleado de hotel, intentó cambiarse de carril sin percatarse de nuestra presencia y solo la obligatoria disminución de la velocidad impuesta por un reductor lo salvó de haber partido del paseo terrenal. Un minuto antes, viajábamos a 120 hora. El capó del Hyundai, 2017, se descascaró y el motociclista apenas sufrió lesiones leves.
Con su benevolencia deliberada, los turistas desarrollan entre los habitantes de Punta Cana un falso placer, el de creerse iguales a los que llegan. Muy pocos, poquísimos, mantienen la distancia pero sin perder su cortesía, pues son felices en su condición de predestinados de la sumisión. El motociclista que provocó el accidente, pidió perdón apenas levantándose del suelo y mirando su moto seriamente averiada.
Sin exageraciones, los habitantes de esta Punta formidable de la naturaleza, cantan en su agonía todos los pesares derivados de la carestía, engañados miserablemente por la luminosidad de su territorio.
A solo 50 kilómetros, en la perfecta autopista hacia la capital dominicana, está Higuey, otra pintoresca población, considerada como la capital religiosa del país y en donde se encuentra la basílica de La Altagracia, el santuario religioso más visitado del Caribe, en el corazón de la localidad. Observamos una procesión de turistas y muchos fieles congregados con motivo del día de Reyes, cuando en  República Dominicana se le obsequian regalos a los niños.
Pero también es aquí donde se descobijan el hambre y la miseria, cuando caen la máscara y el maquillaje del turismo. En los alrededores de la basílica, niños y ancianos, principalmente, reclaman la moneda y entonces se siente la condición odiosa del dolor de la desigualdad.
Las escenas expresivas de la inequidad de los alrededores de la basílica se multiplican, se reproducen, se agigantan hasta los linderos del horror y aparece el rostro de un pueblo vencido y triste, viviendo muy cerca de su muerte. La danza de los millones, de los dólares se desvanece  y en el otro lado de la balanza aparece la desnudez de los hijos de los braceros o cortadores de caña de Azúcar, descendientes de haitianos que constituyen la mano de obra barata para la Central Romana Corporation propietaria de los extensos cultivos que conforman en entorno de la región de Matilla.
El vuelo del drone, que en las playas de Macao pasó inadvertido por los bañistas y surfistas, en esta comunidad se convirtió en un espectáculo que en solo 3 minutos atrajo a decenas de niños escuálidos, harapientos y descalzos que formaron una nube  negra debajo de la otra nube, la de polvo que levantó el pajarito. Como la danza de las abejas, los niños -desde apenas dos años hasta los 14- bailaron con la vista puesta en el drone, como si se tratara de un nuevo dios llegado para consolarlos. Al final del vuelo los reunimos para darles un pan de 5 pesos dominicanos y fue cuando se engordó la tristeza y miré, con lágrimas en mis ojos, ese poema de ruinas por la disputa encarnizada de un trozo de comida.
La opulencia y despilfarro de Punta Cana transformada en la osamenta que asaltó mis manos y me arrebató los panes, al estilo de las pirañas tras una carnada. ¡Oh, imperio de la  bárbara desigualdad¡¡¡¡.

Con las imágenes que sintetizan la indolencia de estos tiempos taciturnos, con ese enjambre de fatalidad, con ese holocausto de la justicia y azotado por un estremecimiento que se me salió por la boca gritando un madrazo, proseguimos el viaje hacia Santo Domingo.
Cuando se acaba la tarde y llega la dulzura del ocaso, el esplendor entra en decadencia y tiemblan las palpitaciones postreras de la tarde. 




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