viernes, 20 de enero de 2017

Haití, una historia de dolor y tormento en un país que hizo la primera rebelión exitosa de esclavos



La historia de Puerto Príncipe, la capital haitiana, está asociada, como la de todo el país, al engaño, al despojo y a la violencia. Los historiadores mencionan que con la llegada de los españoles, los Amerindios que vivían en la región fueron obligados a convertirse en protectorado y una de sus descendientes, llamada Anacona, fue ahorcada por los españoles después de haber sobrevivido a un atentado. Los españoles fueron expulsados por los filibusteros franceses y poco a poco se consolidó como una colonia francesa.
Pero también el país tiene una historia de lucha. La revolución haitiana (1791-1804) fue el primer movimiento revolucionario de América Latina y culminó en la abolición de la esclavitud en la colonia francesa de Saint-Domingue y la proclamación del Primer imperio de Haití. Fue la primera y única rebelión de esclavos exitosa de la historia, además de ser una de las revoluciones más radicales.
La historia del pueblo haitiano es una ola de dolor y de tormento, de tristeza y melancolía con ligeras crestas de lucha que se desvanecen por años, durante los cuales reviven las humillaciones y se pierden las esperanzas.
El violento terremoto del 12 de enero de 2010 agravó la crisis del pueblo más pobre de América, con sus más de 300 mil muertos y varios millones de damnificados. La fraternidad derivada del dolor acercó a las almas desnudas, renacieron sus corazones y con las ayudas internacionales comenzó un proceso de reconstrucción que 11 años después deja ver a una ciudad recuperada moralmente, con las cicatrices de su infraestructura todavía abiertas. Y en el 2016, el huracán Mathew dispersó las esperanzas de bienestar.

Inquietos por presentimientos oscuros sobre sus proyectos de vida, sin explicaciones sobre los efectos de las fuerzas misteriosas empujadas por el destino que también es selectivo porque golpeó casi exclusivamente a los sectores populares, sus habitantes quedaron como en la boca de una fiera, tendidos en el abismo de sus mandíbulas. Pero distintas organizaciones de muchos países se unieron para ayudar, para iniciar el proceso de reconstrucción, principalmente de escuelas, centros de salud y albergues para los cientos de miles de personas que lo perdieron todo.
Desde el 2010, cada 12 de enero, se cumplen distintos actos para recordar a las víctimas y para evaluar las  tareas de reconstrucción y estabilización de los sobrevivientes, aquí en Puerto Príncipe. De acuerdo con los balances, las escuelas son el mayor ejemplo de renacimiento, muchas de ellas se iniciaron debajo de puentes o en una carpa de las miles que se levantaron en la ciudad.
Superada la fase de emergencia, dijo una dirigente de Cáritas Internacional, “se ha trabajado en el acompañamiento psicosocial, en la resurrección del sentimiento de los haitianos como personas”.
La escuela Nacional de Artes y Oficios, lugar en donde fueron inhumados los cadáveres de 200 niños que se encontraban en clase en el momento del terremoto, es el principal escenario de los actos conmemorativos del duelo nacional.

El acto fue presidido por distintos jerarcas de las iglesias y las principales intervenciones hicieron énfasis en el carácter transitorio de la vida terrenal y su fragilidad frente a los fenómenos de la naturaleza.
Aunque muchas personas viven todavía en campos de desplazados, en muchos casos los albergues han evolucionado a barrios, semejantes a las zonas de invasión en Colombia, con las privaciones que las caracterizan, sin agua, ni energía, ni escuelas, ni puestos de salud y sí con mucha miseria, basuras y desnutrición.
El ritmo lento de las olas del mar verdoso empuja con frecuencia restos humanos, mezclados con las basuras y los envases plásticos que nadie recicla. A pesar del entorno triste y desolado, Puerto Príncipe está lejos de las imágenes que pintan algunos relatores o enviados especiales de numerosos Medios de comunicación.

No es cierto, por ejemplo, que la gente se disputa ferozmente una botella de agua, ni que las adolescentes se prostituyen por un pan, como lo leí recientemente. Y mucho menos, que la ciudad padezca una epidemia de cólera. La única cólera que percibimos fue la derivada de la opresión y el desencanto, a lo que tal vez se refieren los informes periodísticos. La palabra cólera es polisémica. Son descripciones crueles, suposiciones no motivadas, surgidas del afán por crear momentos espectaculares que conforman el morbo informativo moderno.
Evidentemente, la ciudad está en crisis aguda, no solo por causa del terremoto y de los huracanes, sino por otros fenómenos como la corrupción y, básicamente, por la indiferencia de las grandes potencias y de los magnates internacionales que prefieren un país conformista en la perspectiva de poner en marcha aquí proyectos que utilizan la mano de obra barata, derivada de sus precarias condiciones, de su pobreza. Es, además, la capital de un país de vergüenza y de oprobio, de discriminación por la muralla social que con sus exclusiones asesinas devuelve a los hombres al primitivismo y le oprimen su corazón.
En la zona céntrica son numerosos, del mismo modo, los  edificios y casas en construcción y en un sector periférico se levantaron miles de apartamentos pequeños para los damnificados, en un conjunto denominado Canaán.


Las expresiones del dolor se apaciguan en los sectores residenciales y en su recorrido no se perciben señales de destrucción sino de bienestar, de progreso, con  avenidas y edificios por donde no pasó la onda del terremoto. Uno de los más representativos es “Petion Ville”, en la que ya es posible disfrutar de una vida nocturna con aceptables ofertas para practicar la salsa o el merengue, así como excelentes restaurantes que cobran a 20 dólares el almuerzo.
Muy cerca del exclusivo sector de Petion Ville, se yergue  “Le quartier la Jalousie”, o el barrio Celoso, construido sobre una montaña rocosa y que desde lejos se ve como el teclado gigante de una vieja máquina de escribir, algo semejante a las comunas de Medellín pero de mayor tamaño, un sector de clase media, cuyas construcciones no sufrieron daños. Es como la reserva arquitectónica de la ciudad, es un armonioso dibujo lleno de colores que también se parece a un enorme rompecabezas. En su cúspide, se levantan edificios y casas-quintas de los estratos altos.
Los más famosos monumentos de Haití son el Palacio de Sans Souci y la Ciudadela, inscritos como lugares de Patrimonio de la Humanidad en 1982. Situado al norte del Macizo de la Hotte, en uno de los parques nacionales de Haití, la estructura data de comienzos del siglo XIX.
La edificación fue una de las primeras en ser construidas tras la independencia haitiana de Francia. Jacmel, la ciudad colonial que se encontraba en trámites para convertirse en otro lugar Patrimonio de la Humanidad, quedó seriamente dañada a consecuencia del terremoto.
Recorrimos 75 kms en busca de la cascada sagrada Saut  d'Eau, Salto del agua, a donde concurren miles de haitianos, algunos con velas y cuencos de calabazas con ofrendas de carne de cabra,  en un peregrinaje para bañarse y orar por todo tipo de cuestiones, desde una buena cosecha hasta por el fin de la crónica disfunción política en Haití.
Pero llegamos fuera de tiempo pues la peregrinación,  una mezcla de vudú y fe cristiana, durante la cual los participantes frotan sus cuerpos con jabón y hojas aromáticas, muchos de ellos desnudos, se realiza entre el 14 y el 20 de julio cada año.
Y solo allí, y no en las calles de Puerto Príncipe, en el sector rural, observamos el desfile de niños y adultos con sus “timbos” de agua que recogen lejos de sus viviendas, como aseguraron algunos despachos de prensa que leí antes de la expedición Diario Verde Caquetá.
Durante nuestra travesía, por tierra, desde Santo Domingo al Cabo Haitiano y desde Puerto Príncipe a Santo Domingo, al cruzar la frontera entre los dos países, presenciamos una curiosa y singular actividad por parte de las azafatas de los autobuses. Son ellas quienes, con los pasaportes de los pasajeros en mano, ingresan a las oficinas de migración de los dos países y prácticamente le ordenan a los funcionarios los procedimientos respectivos. Desaparece el odio latente entre la gente de los dos países y le bajan el perfil de pájaros huraños que tienen algunos agentes apostados en las afueras de los centros de atención de los migrantes.
Serenas, con su dialecto formidable, simpáticas, las azafatas lo hacen todo, menos poner el sello en los pasaportes. Y al contrario de lo que ocurre en Colombia, ellas no reparten los alimentos ni las bebidas a los pasajeros, tarea que cumplen los empleados del restaurante en donde la empresa transportadora los adquiere.

Es la hora triste del poniente, pero también es la hora del ocaso de la vida, entrando al pórtico de la vejez, más allá del cual se extienden las horas apacibles de los últimos años. Pero nos van quedando las inolvidables imágenes de estos encuentros con la naturaleza y con la verdad histórica de estos pueblos que cuentan el origen de sus tristezas y de sus oprobios.





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