sábado, 29 de abril de 2017

Mi encuentro con William Bejarano

Después de 20 años durante los cuales cada uno marchó por senderos distintos, me reencontré con el querido chocoano William Bejarano, en Medellín, en donde lo expulsó la ballena de Jonás tras salvarlo de la persecución que sufrió por causa de su decidida participación en la lucha sindical, política y social en el departamento del Caquetá, precisamente en el municipio de El Doncello, en condición de activista del magisterio y concejal.
Llegué a su casa precedido de un anuncio telefónico sobre mi visita, después de una corta expedición por su tierra natal, en donde su madre Cervelina y sus hermanas me acogieron con entusiasmo y hospitalidad.
Su silueta alta y elegante, coronada por su cabeza desnuda con reflejos azulosos, apareció en la puerta y entonces le vi un aire de intelectual en sus facciones acentuadas por el paso de los años. Su abrazo fue más que un saludo, un jirón de historia, como un viaje veloz al génesis de las luchas sindicales y políticas en Caquetá de los años setentas y ochentas que absorbió toda la savia de nuestras almas.
Su esposa Martha y su hija Luisa, encantadoras y hospitalarias,me dieron la bienvenida y me trataron con simpatía y hasta con pedagogía sobre las rutas para salir de casa y llegar a mis destinos en la capital antioqueña. Como a un niño que va a la tienda, me apuntaron en una hoja de cuaderno los pasos para llegar hasta donde otro personaje, el doctor Juan Manuel Serna Urrea, con quien también me entrevisté en Medellín, en compañía de la histtórica y reconocida dirigente sindical Luz Elena Jiménez. Los detalles de este encuentro serán contados en una próxima nota.
El tiempo lo devora todo, lenta pero inexorablemente. Hasta un cráter en llamas sucumbe ante el paso de los años y poco a poco nos acercamos a la sombra de la noche, más allá del pórtico de la vejez que nos conduce a los jardines apacibles de la eternidad. Los años nos convierten en árboles desnudos que ya no pueden sustentar los nidos de los pájaros.
Con William volvimos el rostro a los campos ya lejanos de nuestra estoica juventud como docentes novatos bajo los cielos tranquilos del entonces corregimiento de Cartagena del Chairá. Miramos el fondo de nuestras vidas y de nuestros corazones alborotados por el sarampión de la lucha en una región sometida por el autocrático sacerdote italiano José Manca y sus súbditos docentes y padres de familia, en medio de la más triste resignación de sus habitantes.
El amor por la igualdad y la libertad se apoderó de nuestros espíritus y no los soltó de sus manos implacables en una clara desfloración del conformismo y nos entregó a la crítica propositiva, aunque de cierta manera cándida, pero heroica.
Al calor de la confrontación ideológica nació la ilusión por la libertad y la justicia social que madurando con los años guió como un faro el camino de nuestras vidas.
Fuimos al encuentro de la bestia de la desigualdad y la corrupción que desde entonces consume al país y participamos en los procesos de lucha casi inane y fuimos atropellados muchas veces por el monstruo de la represión oficial.
Recordamos que en Cartagena del Chairá se produjeron nuestros primeros encuentros con el despotismo, cruel y real, que históricamente ha tenido jodido a este país.
Entre risas y recuerdos tristes revisamos los episodios más notables de nuestro paso por el colegio Chairá, nuestros compañeros más cercanos como Ancízar Tangarife, Benjamín Puerta y Camilo Ardila, con quienes pusimos en marcha El Zurriago, el primer periódico escolar, con proyección comunitaria en el Caquetá.
Los primeros choques con el cura Manca, el baño diario en las "moyas" pues entonces no existía el acueducto en el pueblo; los coqueteos con algunas niñas y damas del pueblo; los estudiantes más brillantes y también los más casposos pasaron por el manojo de recuerdos. Hasta la triste escena de una profesora sorprendida por su esposo en plena faena sexual con un colega y obligada a salir en cueros hasta su casa y las borracheras que terminaron con profesores tirados en el parque del pueblo, también hicieron parte del manojo de recuerdos.
En esta hora del ocaso, cuando ante la falta de esperanzas solo nos quedan los recuerdos, un reencuentro con los hechos de la juventud que movieron nuestros proyectos de vida, es un tónico para esas margaritas deshojadas antes de que desaparezcan marchitadas por el tiempo.
Los recuerdos son como una confidencia con la belleza y sus revelaciones son una poesía. Los recuerdos están ahí, pero su reiteración es un deber pues el vaho que se escapa del pasado los puede destruir su encanto.
Fue grato y por momentos doloroso desgranar la mazorca de los recuerdos, con sus alegrías y alegrías sepultadas en el olvido. Una exhumación del pasado como una mirada al comienzo de nuestra formación política. También fue una visita a las llagas y a las cicatrices que dejaron las luchas, con el estremecimiento por las pérdidas irreparables.
Gracias. compañero William. Gracias familia Bejarano Córdoba
La mano queda extendida a la espera del próximo encuentro.



martes, 25 de abril de 2017

Quibdó, la sucursal del rebusque


Es injusto el silencio que los grandes Medios guardan sobre los trabajadores caminantes, conocedores de extraños vericuetos por los cuales llegan hasta los confines casi imposibles de las ciudades. Y en general sobre aquellos que viven atrapados por la economía del rebusque.
Según el Dane, más de la mitad de la población ocupada está en la informalidad, principalmente en las ventas ambulantes o estacionarias, cuyos protagonistas son socialmente invisibles, discriminados por su forma de vestir y por su vocabulario. Con una paga de hambre, recorren  calles y avenidas, van dejando sus huellas, casi de sangre, y por las calles se repiten los ecos de sus voces que, casi clamorosas, difunden los productos que llevan y con muchos de los cuales algunas veces regresan a sus moradas.Es la indiferencia, a la sombra de la cual prosperan los delitos; la insolidaridad derivada del individualismo, que le niega un homenaje a quienes  convierten su oficio en una obsesión compulsiva y todo lo que hacen, desde el menor de sus gestos hasta lo más complicado de su tránsito con la carga sobre sus hombros, en bicicletas, carretas, motos y viejos autos, les sirve como ejercicio de perfección de su oficio hasta obtener la  calidad excepcional que muestran orgullosos.
Siempre están involucrados con sus clientes, con los intereses del colectivo y poseen una agudeza especial para caricaturizar la realidad, la coyuntura política, económica y social. Su lenguaje procaz, con todas sus desviaciones semióticas, es un enlace fundamental  de la red comunicativa popular, tan poderosa como las redes sociales de la era digital.
-Para qué plata, si todo está muy caro, me dijo un vendedor de mangos, reconocido por su repentismo verbal que lo convirtió en un personaje en los barrios populares de Quibdó. Siempre tiene una respuesta inmediata y un apunte simpático.
-Perdone que lo moleste, pero agradezca que lo ocupe, le dijo al tendero para pedirle prestado un cuchillo.
-Si me pongo a ganar dinero, a qué horas hago lo que más me gusta, respondió el de los aguacates cuando le pregunté si trabajaba todos los días.
-Soy ratero, trabajo por ratos, añadió
-Yo no trabajo; el trabajo es para los desocupados. Yo me divierto, contó un paisa que afila herramientas.
-¿Usted sabe qué es la corrupción?,le pregunte
-Hombre, la corrupción de un pueblo es como la de las hojas, que es abono y prepara nuevas cosechas.
Los rebuscadores conforman, sin proponérselo, una asociación que no tiene estatutos, sin cuotas, sin directivos burocráticos, que los mantiene unidos tácitamente y les permite ser respetuosos de los espacios y sectores de cada uno; todos tienen el poder de encantar, de conmover y de reinar en el corazón de sus clientes. Sienten el dolor de la gente por las condiciones de pobreza, pero también se dejan deslumbrar fácilmente por el resplandor de las dádivas que son generosas en las campañas electorales.

El 23 de abril –justamente día del Idioma Español- los vendedores ambulantes cumplieron una función importante en la difusión del incendio que se presentó en el barrio La Esmeralda, de Quibdó, muy cerca de nuestro alojamiento y alertaron a los vecinos del sector sobre la emergencia. Y algunos se sumaron a las brigadas que con valdes y ollas lucharon contra las llamas durante los primeros minutos.
Caminando por distintos sectores de la capital chocoana vi que la presencia de los niños que acompañan a sus padres es generalizada, como un aguijón que me despertó extrañas emociones. Abuela, hija y 2 nietos se ganan entre $8 y $10 diarios con la reventa de bananos.
-A veces solo hacemos para una libra de arroz y 5 huevos, relató la anciana con inocultable melancolía.
Una sinfonía de dolores, al pie de la sinfonía de colores de la selva del Atrato. En la edad en que otros niños y adolescentes se inclinan sobre sus cuadernos, estos menores se inclinan ante el suelo, cargados, con hambre, con desesperanza, con odio que germina en sus corazones.

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La armonía de las formas que aumenta la vistosidad del movimiento es una pasión para las especialistas de las trenzas africanas, una moda que está en pleno apogeo en Quibdó. Son otras trabajadoras informales que prestan sus servicios a domicilio. Con una habilidad inusual en el manejo de sus manos, de sus dedos específicamente, tejen  trenzas individuales que se hacen pegadas al cuero cabelludo. Se realizan varias trenzas muy pequeñas hasta completar toda la melena y no dejar ningún pelo suelto. Ya son muy populares las extensiones, utilizadas en mujeres de pelo corto, que se venden como un hilo, o lana-pelo, en los comercios especializados.
Las tejedoras de trenzas se mueven en motos y muchas de ellas ganan hasta $20 mil por cada procedimiento. Hay días
que atienden hasta 4 personas.
Como ejemplo de originalidad, un desafío al machismo chocoano, como una llama de liberación, encontré a Sandra Jineth muy cerca al atrio de la catedral San Francisco, en la zona asignada para los lustrabotas. Y la encontré en ejercicio de su trabajo desde hace 5 años, en la limpieza y brillo de los zapatos de uno de sus muchos clientes.
Ante la muerte de tanta cosa bella, ante la disolución de los valores, esta indomable mujer es como la floración del sueño de la igualdad de género, es un ejemplo de que el paradigma femenino no es exclusivamente un cuerpo escultural. Es la igualdad hecha realidad en una silueta morena, de labios sensuales que no están expuestos exclusivamente para el sexo.
Llega a las 7 de la mañana, trabaja 8 horas y regresa a su casa para completar las labores domésticas y el cuidado de sus 3 hijos. Recordó que un día se vio como “profesional del aseo de los zapatos” y le hizo seguimiento a esa actividad.
-Miré con cuidado el procedimiento y me puse a practicar en la casa hasta que un día le dije a mi esposo que estaba lista para trabajar. Además, me gusta porque es un trabajo independiente, soy la dueña del negocio.
Finalmente, los rebuscadores "abeja" que se mueven en las motos, formando enjambres como los insectos himenópteros y que ya son una verdadera invasión en las principales ciudades del país. Este fenómeno, derivado de la falta de oportunidades laborales de las pésimas condiciones del servicio de transporte público, afecta  severamente la movilidad.
Aquí las moto-taxi se llaman "rápidas", cobran $1.500 y sus conductores y parrilleros no llevan casco. El servicio público de transporte vale solo $1.000 y a pesar de esta tarifa baja, sus prestadores aseguran que cada día son menos los usuarios. 
Acabo de llegar a Medellín, en donde según las estadísticas, nació el rebusque, en donde también se inventaron  la denominación a una actividad que, "por lo menos, nos mantiene activos, incluidos y en condiciones de productividad”, me dijo un paisa clásico que vende de todo en las afueras del aeropuerto Olaya Herrera.
-Porque el rebuscador es dueño absoluto de su tiempo y no se alquila ni se enajena por un salario chimbo, dijo en voz alta. Es que Medellín es la capital del rebusque.

sábado, 22 de abril de 2017

Expedición Chocó. Las joyas visibles de Quibdó

Turbio, agitado y desordenado por las copiosas lluvias de los últimos días, el río Atrato es una serpiente inconmensurable que se desliza por entre la selva espesa a la que le hace incisiones curativas a veces invisibles desde el aire.
A pesar del furor de sus aguas, el río ha sido y sigue siendo la vida, el corazón de cientos de miles de personas que de cierta manera lo han humanizado, han dominado sus contorsiones desde tiempos remotos y viven felices con sus rumores armoniosos.
Desde los días del comercio de esclavos africanos, el Atrato es un instrumento de aproximación a lo desconocido y muchos historiadores se refieren a él como un contacto divino que se agita entre las sombras.
La poesía del dolor también ha caído sobre sus aguas turbulentas;  los libretistas del horror lo muestran como un grito de angustia desde el tercer mundo y algunos novelistas lo presentan como la encarnación de lo formidable.
Durante la violencia que apenas se apacigua, sus aguas arrastraron los sollozos y muchos cadáveres. El río empujó los dolores de las víctimas y sus familias, que ayer conformaron el comité departamental en la perspectiva de tonificar sus penas con el apoyo del alto gobierno y de la Unidad especial conformada para ese propósito.
Los gritos de angustia y de blasfemia desembocaron en el océano Atlántico, como Edipo arrancándose los ojos en la dramática simplicidad de Sófocles. El río es ardoroso, pero sin sentimientos, indiferente al amor y al odio.
El Atrato es, con la simpatía de su gente y la belleza de sus mujeres, una de las joyas visibles de los chocoanos, quienes inducidos por algún “historiador” aprendieron a recitar de memoria que Quibdó tiene 5 joyas ocultas, que no son tales, ni están escondidas. Tal vez tapadas por el olvido oficial que aplazó indefinidamente su intervención para recuperarlas como símbolo de la riqueza pasada de este pueblo cuando fue el primer productor mundial de platino.
Y en este ambiente abrasador, una mezcla bochornosa de calor y humedad, con una perspectiva visual muy parecida a Cabo Haitiano, en medio del desorden y el bullicio, brillan otras joyas chocoanas, verdaderos personajes de la vida cotidiana y eslabones de su tejido social. Son los vendedores fijos apostados a lo largo del malecón del Atrato, cuya línea comienza con los puestos del exterior de la plaza de mercado y se prolonga hasta los contornos de la catedral.
Las yerbateras son muy visibles, por su localización en la plaza y, desde luego, por su locuacidad y conocimiento de las plantas, alrededor de las cuales se ha construido un lenguaje con muchos elementos, de acuerdo con sus propiedades. Existen suavizantes, antisépticas, antiespasmódicas reconstituyentes, calmantes, astringentes, digestivas, depurativas, diuréticas, sudoríficas, hemostáticas, afrodisíacas y hasta insecticidas.
El Chocó es una región en donde históricamente se ha experimentado con diferentes partes de hierbas y árboles hasta demostrar  el poder curativo y también tóxico de las plantas medicinales. Además, existen los alimentos que de manera simultánea son medicina, como el ajo y el aguacate, entre otros.
Doña Margarita Parra de Jaramillo, además de vendedora de yerbas medicinales también es adivina porque de súbito me miró fijamente y de manera inclemente pero en voz baja me dijo:
-Periodista, le tengo esta plantica, pequeña pero poderosa para esos momentos de angustia por causa de la chispa que ya no puede encender el motor en la cama. Se llama el pipirongo, dijo, poniéndola en mi cara.
Vi entre sus hojas ovaladas una penca delgada, como un peciolo  carnoso y levantado…un pene que apuntaba a mi ojo izquierdo. Le tomé una foto y mientras guardaba la cámara la señora habló de nuevo, sin perturbarse
-Se echa en aguardiente, se toma una copa todos los días y entonces podrá disfrutar de la resurrección de su bujía. Y si quiere refuerzos, también le tengo la raíz de chocó y el bejuco de sol. Es una de las plantas de mayor venta, concluyó, con la aprobación de su vecina de puesto.

Por $100 mil prepara un litro que, con toda seguridad, dijo, despierta la pasión con insistencia aterradora porque “te deja una huella candente en toda la sangre”.
Sintiendo una atracción pérfida y misteriosa por el pipirongo, con un sentimiento de vencido prematuro, seguí mi camino por el malecón y vi de nuevo las ondas estremecidas del Atrato sobre las escalinatas del puerto de la plaza de mercado.
Los vendedores de pescado están uno tras otro, muy cerca a la orilla del río y, como en todas las actividades, se ven los carismáticos, los talentosos, lo que seducen al cliente en ese juego de la compra-venta. Pero lo que más llama la atención es su destreza para la descamación del producto y los cortes que influyen en su presentación.

Una hora antes, en un recorrido a pie por el barrio La Esmeralda, noté la presencia de los vendedores ambulantes de frutas, verduras y pescado, principalmente. Son voceadores enérgicos y, como  todos los individuos de la clase popular, utilizan una forma de comunicación tradicional que se desenvuelve sin importar los prototipos sociales, ajena a los mandatos gramaticales y regularmente reforzada con gestos y movimientos corporales.
Dentro de ese mismo perímetro, encontré otra joya de los chocoanos: su comida, variada y exótica. La región es muy rica en pescados de río y de mar debido a su amplia red fluvial en donde viven diversas especies, y sus dos costas favorecen la proliferación de los platos de  pescados y mariscos, acompañados de yuca y plátano, que constituyen la base alimenticia de la población autóctona. Del mismo modo también tienen frutas exóticas como el borojó y el almirajó con las que preparan deliciosos jugos “levanta-muertos”, a los que les adicionan vino, leche, kola granulada, miel de abejas…y pipirongo, me imagino.
Los principales platos son el bacalao, jalea de coco con arroz, Jujú, el infaltable y universal mondongo, pinchos de bravo y de atún, sopa de queso con plátano frito, jalea de árbol de pan, arroz atollado con carne ahumada o con longaniza, y el bocachico con escamas.
Otra de las joyas de los chocoanos es la fiesta de San Pacho, una mezcla singular de fiesta y religiosidad, importante en la formación de la sociedad regional, que ha sufrido notables evoluciones durante el último siglo según algunos antropólogos. Es un espacio de alegría entre el 19 de septiembre y el 5 de octubre de cada año, “durante el cual el pueblo enfrenta este mundo adverso, se olvida del hambre, la guerra y de todas las tristezas que invaden al mundo”, nos dijo doña Betzaida Rentería, coordinadora educativa y cultural de la Fundación Fiestas Franciscanas de Quibdó.
San Pacho es el patrono de este pueblo y sus fiestas tienen como escenario los principales centros poblados de la región interior del Chocó, localizados en la parte alta de los ríos Atrato y San Juan, territorio e donde se concentró la población durante el dominio de los españoles. En algunos municipios, cambia el nombre del Santo o de la Virgen y su origen se remonta al periodo colonial y como producto del contacto que tuvo la población con los smisioneros.
Para algunos expertos del instituto de cultura, la política y especialmente la política cultural del Estado ha introducido modificaciones a la celebración de las fiestas de San Pacho, además de las transformaciones derivadas de la aparición del espacio urbano, inexistente cuando nacieron las fiestas.
San Pacho, el patrono de Quibdó, sale engalanado con sus joyas de oro solamente en la procesión de las fiestas.
La fiestas terminan cuando se bajan las banderas, cuando los abanderados recorren la ciudad acompañados de la chirimía y anuncian que el tiempo durante el cual todas las transgresiones son permitidas, se ha terminado.
El regreso a la realidad cargada de tensiones en donde se ha entronizado la violencia y la pobreza porque las fronteras de Quibdó,   como de las de muchas poblaciones colombianas, las amplió la guerra y su consecuente desplazamiento forzado de familias que se asentaron en las riberas de los ríos. Las fiestas de San Pacho ya tienen nuevos actores y sus organizadores trabajan para entablar el diálogo con ellos y adecuar su programa al nuevo entorno.
 Cansado, bajo el inmenso sello rojo que vierte su llamarada perpendicular al medio día, miré una y otra vez el río Atrato que en la otra orilla se metió a las casas del barrio subnormal “Bahía Solano. Sus ondas irisadas me devolvieron besos de luz y entonces me fui a la calle 26  con carreta quinta y pedí un jugo “levanta-muertos” porque me quedó sonando la fórmula de doña Margarita.
Cuando la boca de la vendedora se puso roja, carnosa, sensual, su mirada me produjo una quemadura y la noté sugestiva, inquietante y tentadora, le devolví el crédito a las yerbateras, de quienes pensé que eran solo unas vendedoras talentosas.









viernes, 21 de abril de 2017

Expedición Chocó, otro imperio de la belleza


Trece horas después del susto y desilusión que sufrimos los pasajeros del avión ATR 42-500 de Satena tras el brusco aborto de la aproximación a la pista del  aeropuerto El Caraño de Quibdó, nos montamos en la misma aeronave y reanudamos el desafío de ese horizonte gris, casi negro que por estos días devora los contornos del paisaje colombiano.
Mientras Alan Jara, director de la Unidad de Víctimas, me relata las “hazañas” del saíno que trajo de su secuestro, que funge ahora como padrón en un criadero de Villavicencio, a bordo se percibe un perfume de miedo ante la intensificación de la lluvia y algunos pronosticaron el fracaso de este nuevo intento por llegar a la capital chocoana.
Por entre las nubes casi rasantes vi casas regadas como en un pesebre pobre y al aproximarnos comprobé su condición de ranchos de invasión, lejos del grueso de la ciudad, como un parche que interrumpe la decoración bucólica de la selva guardiana del río Atrato.
El sol de las 9 de la mañana produce visos violetas que incendian la perspectiva, como juegos pirotécnicos que iluminan la verdura monótona y pasiva del paisaje misterioso que se extiende hasta el océano pacífico.
El aire caliente, a pesar de la lluvia que cae sobre la ciudad, penetra en el interior del avión cuando la auxiliar de vuelo abre la portezuela de la cabina, un sentimiento de triunfo se refleja en todos los pasajeros.
-Señores, siéntanse agradecidos con Satena porque nos trajo dos veces a Quibdó con un solo tiquete…y disfruten los lugares bíblicos de este querido departamento, gritó un joven de rostro olímpico en la mitad del pasillo, emocionado por el aterrizaje tranquilo.
Le pido al taxista que haga un corto recorrido por el centro de la ciudad antes de llevarme a la casa de la familia Bejarano Córdoba que me brindó la más cálida hospitalidad. Sigue la lluvia, aumenta la sensación térmica y veo una ciudad urbanísticamente anarquizada, con calles en semicírculos y construcciones sin identidad y a mitad de camino, con una movilidad aceptable en la que las motos son las principales protagonistas, como en todas las ciudades colombianas.
-Aunque usted se impresione negativamente con el aspecto de la ciudad, me dijo el taxista, aquí tenemos 5 joyas ocultas declaradas bienes de interés cultural de la Nación en 1997.
Sin esperar mi reacción, las enumeró enseguida, como una lección recitada por un estudiante de primaria acosado por  su profesor:  antiguo Hospital San Francisco de Asís, la Cárcel Anayansi, el Colegio Carrasquilla, la Antigua Escuela Modelo y la catedral y su Palacio Episcopal que, me dijo, son el orgullo de los quibdoseños. Y también sin esperar mis comentarios, me llevó a cada uno de ellos.
Cuando me bajé del vehículo le agradecí su entusiasmo, le di la mano y le dije que todos sus monumentos requieren una intervención urgente porque se les pueden perder como símbolo del resplandor económico que un día tuvo esta región, cuando fue la primera productora mundial de platino.
Personalmente, me quedo con la infinita y melancólica lontananza de la selva desnuda, con sus distintos tonos que van del verde al azul, esa belleza de lineamientos mágicos que, como dijo el pasajero, son verdaderas praderas bíblicas.
Además, la gente mira esas joyas, pero no las ve como un instrumento para encontrarse con su pasado. Sin embargo, algunas personas con quienes hablamos después en los alrededores del malecón del río Atrato, piensan que esos monumentos pueden ser utilizados para estimular al pueblo hacia la búsqueda del nuevo bienestar en momentos en que la región se sume en el atraso, la pobreza y la corrupción.
A la parte seria, como dicen los jóvenes, de esas joyas mencionadas por el taxista, se salvan la catedral San Francisco y el palacio episcopal, tal vez por  estar bajo la protección y el cuidado de la iglesia. Son un verdadero orgullo y parte fundamental del paisaje a orillas del caudaloso río Atrato cuyas aguas estás drásticamente aumentadas por estos días.  Se trata de una obra aireada y proporcionada, con escalinatas de acceso. Se destacan los remates en pináculos que semejan pequeñas torres,  y un rico patio circundante con arcadas, que propician un agradable clima interior.
Como el placer envuelve el pensamiento cuando nos metemos en el camino de la tradición oral y los momentos de la vida se abrevian, me senté a conversar con doña Cervelina Córdoba de Bejarano, madre de reconocidos docentes de la capital chocoana, algunos de los cuales emigraron al Caquetá en donde compartí con William e Italina y su esposo Ranulfo Murillo, en el colegio de Cartagena del Chairá y en la actividad sindical.
El río Atrato sí que es una joya para los chocoanos, es su esencia, es su vida, su historia, su medio de comunicación y hace parte de llamado  Chocó biogeográfico, considerada la zona con más biodiversidad del planeta y una de las más lluviosas del mundo,  lo que explica alto caudal que muestra este río.
El Chocó, además es el único departamento con costas en los dos océanos, es otra de las aves del país de las bellezas impecables en donde la gente perdió su capacidad de admiración, del culto por lo excepcional.
Y también tiene una historia llena de luchas por sus derechos, desde Barule y los hermanos Mina que lideraron la primera y más grande insurrección en esta región, que desencadenó la fundación de Palenque de Tadó, pasando por el primer abogado de esta zona del país, Diego Luis Córdoba, gran defensor de los derechos de la población afrodescendiente, hasta  Amir Smith Córdoba, sociólogo y periodista uno de los hombres más importantes en la defensa de los derechos y la identidad cultural de las negritudes colombianas. En la historia  reciente tiene un lugar especial el periodista Primo Guerrero  luchador incansable contra la corrupción política que ha sido un fenómeno determinante en el atraso y pobreza de las comunidades.
También aquí en el extremo occidental del país, los hombres están dormidos en la idolatría mística que no los deja escuchar las melodías perfectas de la naturaleza, ni les deja leer los mensajes de su historia llenos de fragmentos de lucha y de dolor.