domingo, 17 de septiembre de 2017

El encuentro con mi hermano "Concho"


 

Hay momentos en la vida cuando uno no puede decir nada pero lo siente todo, cuando las emociones son tan fuertes que tardamos más tiempo para asimilar la complacencia que se nos sale de los sentidos y vuela como un fantasma que nos hace mover el piso. Cuando no sabemos qué hacer con tanta dicha. Mientras más grandes son la belleza y la alegría, más grande es la impotencia para describirlas.
Aunque la emigración familiar a USA, que comenzó en 1972 con el viaje de Gladys, la hermana mayor, ya sacó del país a otros 6 miembros del clan Catano Espinosa, mi hermano Cesar, "Concho" como le decimos, llegó en asilo por razones profesionales y en busca de opciones medicas para su salud maltrecha y adolorida.
Anoche, cuando lo vi sentado en un sillón de la sala de espera, sentí que el destino me hacía una ofrenda con un monumento a mis sueños. Mi hermana "Nena" y algunos sobrinos hicieron una avanzada para recibirme con calidez y alborozo especiales pero "Concho" se quedó varios metros con el celular y el corazón en sus manos, con la seguridad de que de todas las alegrías la sorpresa es la mas auténtica. Caminamos despacio en medio de la ansiedad por abrazarlo en su casa, a media hora de camino. Mientras hablamos de los pormenores del viaje y sobre mis dos días en Miami, incluido mi momento fatal, como si hubiera desaparecido el sol, cuando estuve a punto de perder el vuelo. De pronto, la "Nena" pidió que nos sentáramos para hablar unos minutos. Entonces, un viento huracanado, como Irma que paso hace apenas una semana por La Florida, me sacudió y me mostró que lo mejor de la familia es el afecto y la unidad. Agazapado en un sillón estaba "Concho" emboscado para darme por la espalda un golpe de felicidad. Como el cazador cazado, corrí a recoger la victoria con una abrazo salido del alma, que tal vez es el mas largo y apasionado que haya dado.
Todos los recuerdos en un minuto, como una cascada sonora, pasaron mientras lo golpeé en su espalda...la fuerza de las emociones rompió el dique y por mis ojos brotaron los tapones salados que cayeron en su espalda...tuve que pedirle a mi corazón que frenara sus ímpetus que escuché como el ariete acelerado que papá Jesusma tuvo en la finca El Silencio, del corregimiento el Caimo de Armenia.
Todas  mis horas han sido atropelladas y en esa sucesión dinámica de las cosas, incluidos desde luego  los torbellinos formados en las aguas sucias de la indisciplina y en los huracanes perversos de los momentos "exitosos", he visto florecer las plantas y también he visto su marchitamiento.  He saludado la vida de distintas maneras, desde partos en humildes canoas campesinas, hasta nacimientos pomposos en clínicas de reconocido prestigio. Y he sentido las garras de la parca, en la guerra, en hospitales y en anfiteatros. Pero ya en la llamada tercera edad - eufemismo utilizado para denominar a los ancianos- la turbiedad derivada del agitamiento se ha perdido, llegaron la calma y la claridad y entonces los torrentes vigorosos y contradictorios se transformaron en corrientes que avanzan con angustiosa melancolía en busca del beso con la playa para fundirse en la paz infinita.
Acabo de aterrizar en Richmond, Virginia, un viaje que he soñado, casi que lo he vivido, más por encontrarme con mi hermano César, insignia de la lucha y resistencia del hombre frente al dolor y la adversidad, que por visitar este Imperio colosal, criticado sucesivamente con mis acciones y con mis palabras, como un hierro caliente que pone su marquilla indeleble con todo el peso del desprecio que desciende desde la cima de la dignidad.
Ante la emoción del encuentro, mis calificativos y apóstrofes vehementes y soberbios se silencian y mi condición de luchador indignado, vibrante y enfadado se transforma hasta el punto que solo quiero incienso de rosas para celebrar este momento, el de un anhelo satisfecho, coronado, como dicen los muchachos.
Todo lo que hice en mi vida calla en este momento como un homenaje a mi hermano "Concho", un luchador solitario y un soñador al mismo tiempo...los escombros de mi vida, esa conflagración tormentosa de los acontecimientos desafortunados, se apagó anoche  y siento que comenzó la germinación de los  arboles que le darán sombra a mi vejez...quiero ensayar un poema pero, ¡ay!, no puedo porque son muchas emociones juntas.
A pesar de su calvario, doble calvario, múltiple calvario por el que le tocó transitar, lleno de espinas que le pinchan el alma, y no obstante la precariedad de su salud, "Concho" es una persona excepcionalmente simpática, dotada de chispa repentista singular y con habilidades expresivas y afectivas que perfuman  las relaciones familiares y se decantan en sus dos nietos, Damián y Andrea.
Por sus mismas condiciones físicas, no hablamos mas de dos horas tras la ruidosa llegada a casa, pausada por una rica chocolatada que nos preparó Luz Elena. Desfilaron sueños, castidades, violaciones de todo tipo, con sobre dosis de corrupción y el cartel de las altas  Cortes.  Pasaron flores, amigos, café, guadua, el ariete acelerado de la  finca El Silencio y hasta el soplo del zarpazo de la parca que le cambió su destino y el de su familia. Su desamparo, su soledad, sus pensamientos. Pero pude comprobar que  no obstante su contacto permanente con el  dolor, su alma  esta llena de de sonoras melodías que le cantan a El y a su familia.
Y como soy un enamorado de la perfección cuando me siento a garrapatear palabras, renuncio a esta tarea ahora mismo porque este portátil descompuesto ya no resiste  mas insultos.
Del mismo modo, sigo convencido de que no podemos dejar a otros el trabajo de  de contar nuestras propias historias..."Concho" nos enseña que la vida hay que disfrutarla y celebrar todas las emociones...no podemos aplazar el uso de las buenas emociones porque quizás nos pase lo mismo que con el dinero: que un día no sepamos que hacer con ellas.


viernes, 8 de septiembre de 2017

Personajes de la vida cotidiana. Los arrieros: madrazos de nobleza y sabiduría

Arrieros somos y en el camino nos encontramos
Agua que no has de beber, déjala correr
Muerto el perro, muerta la chanda
Es mejor volver atrás que perderse en el camino
Al mal tiempo buena cara y a lo hecho, pecho
Solo quien carga el costal sabe lo que trae adentro 
Donde se halla la hierba se encuentra la contrahierba
Cayendo y levantando, pero caminando
El camino no es el destino
Tu eres más desconfiado que un gallo tuerto 
Adentro mulas maiceras que el putas nos está esperando



 El desarrollo del país, su gente, su economía, su folclor, en fin, su historia toda, tienen una deuda ya impagable con los arrieros, quienes por montañas, cañadas, precipicios, valles y lomas inaccesibles hasta entonces, protagonizaron lo que Manuel Mejía Vallejo denominó como “la epopeya del hombre y la bestia frente al desafío del paisaje abrupto, en el milagro de los avances”. Y otra deuda con los cascos y los lomos de mulas y caballos que llevaron al hombre a los confines más lejanos e inhóspitos de la geografía nacional.
En Antioquia y el eje cafetero, la arriería fue pionera del desarrollo de esos pueblos y junto con el hacha, el machete y el sombrero, son los emblemas de esa raza pujante, preciosista, melancólica y prodigiosamente fecunda y longeva. Entre los abismos de su accidentada geografía se escuchan todavía los ecos de los madrazos de los arrieros pues ellos mismos dicen que “a las mulas hay putearlas para que trabajen”.
La expresión “¡arre mula hijueputa!, además de haber sido el combustible que movió el progreso de comunidades y pueblos enteros, es la síntesis de una operación semántica construida por la sabiduría del arriero para describir de manera simultánea la torpeza y la capacidad de trabajo de la bestia mular. Inspiradores de cientos de refranes, el arriero fue la síntesis de la sabiduría popular, del sentido común y del buen humor. 
 La devaluada figura del arriero en las regiones cafeteras, revive en zonas atrasadas del país, como la Amazonía, Orinoquía y llanos orientales, en donde todavía los caminos de herradura son los únicos contactos con la civilización.
El caballo, la mula y el arriero con su lenguaje procaz pero frentero, son actores de mucha importancia en la vida de pueblos olvidados, anónimos y hasta desconocidos por el Estado porque no aparecen ni en los registros del instituto Agustín Codazzi. En el Caquetá, Amazonas, Putumayo y en general en los antiguos llamados “territorios nacionales”, se levantan caseríos que funcionan como estratégicos centros de acopio y ejes de la economía de colonos, campesinos e indígenas, cuya vida gira alrededor de los arrieros y sus bestias.
Sobre lomos de mulas llegan hasta las entrañas de la selva el maíz, la panela, los fríjoles, el arroz, los combustibles, los aceites, los comerciantes, los sacamuelas, los políticos, los curas, los pastores, los vendedores de ilusiones, las putas, los paras, el ejército y la guerrilla. Y hasta las enfermedades llegan a lomo de mula.
Los madrazos gritados de los arrieros son -quién lo creyera- como caricias de amor para la selva dormida, herida por los caminos que se meten en sus entrañas. El “¡¡arre mula hijueputa!!” se eleva hasta los árboles y despierta los pájaros que sacan sus cuellos y con sus trinos piden que les canten algo sentimental.
 En las llamadas zonas rojas, la condición de mensajeros fue fatal para los arrieros pues tanto la guerrilla como el ejército y los paracos asumieron una actitud paranoica, de desconfianza que los involucró en el conflicto y los puso en medio de las balas cruzadas de todos los bandos. El arriero, el hombre bueno, picaresco, servicial y comunicativo se transformó en un ser desconfiado, solitario e, inevitablemente, en un individuo sucesivamente maltratado por los actores del conflicto.
La sangre del arriero, como la de la masa campesina, fertilizó las praderas, las selvas y hasta los grandes ríos de todo el país. Ültimamente, la sangre arriera se vierte de manera constante en Caquetá, Putumayo y los antiguamente llamados territorios nacionales principalmente. Las cicatrices quedaron ahí, debajo de sus ponchos, en lo profundo de sus pechos, en sus piernas, en sus pies aplanados por las alpargatas, en sus manos encallecidas por los rejos, las riendas, el poncho, la enjalma y el zurriago, que en el sur del país se llama perrero.
Las recuas de mulas ya son poco visibles en tierras cafeteras pero sobreviven en muchas zonas rurales  del país donde fueron maltratadas por la violencia. Y con ellas, los únicos madrazos de nobleza y sabiduría mentados por los arrieros, musicalizados con silbidos y con el rumor tenebroso de los zurriagos o perreros que levantan las mulas de los pantanos y alejan las fieras de los caminos solitarios.
Un campesino en el surco, el vaquero en su caballo, un arriero en la trocha, el pescador con su chile y el motorista de la pequeña embarcación en la popa, son los componentes fundamentales del progreso en apartadas, desconocidas y humilladas zonas de la patria, generadoras de riqueza pero miradas con desprecio por el Estado.
Los arrieros se destacaron, del mismo modo, por una "virtud" Non Santa, que les mereció el terror y el desprecio en muchas regiones, como fue su capacidad para seducir muchachitas -y también mujeres casadas- con sus promesas mentirosas, que generaron numerosos conflictos y hechos violentos entre algunas comunidades rurales.
Con su abundante oralidad, con sus dichos y refranes, con su sonrisa permanente -algunas veces espantosa- con su optimismo, con su buen humor, los arrieros nos dejaron el lenguaje coloquial, informal, familiar, ese que utilizamos en nuestras conversaciones, independientemente de nuestras profesiones. El lenguaje distendido, pero franco, directo, llano, carente de sofisticaciones, "irrespetuoso" con la gramática castellana. A mamá Alicia y muchas señoras "encopetadas" les disgusta, pero creo que es una herramienta facilitadora  de una comunicación rápida y directa con nuestros semejantes. La informalidad no le resta puntos a la seriedad. Ni tampoco a la vehemencia, ni a la sinceridad. La amenidad y la sonoridad no excluyen a la trascendencia.
Además, la sabiduría del dicho "arrieros somos y en el camino nos encontramos" es una advertencia de que ya tendremos la oportunidad para devolver un favor o un agravio, que en términos coloquiales significa pagar con la misma moneda.
-Y ¡arre mula hijueputa! porque "paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todas son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas "
a


Monumento a la mula y al arriero, en ArmeniaMonumento a la mula y al arriero, en Armenia

miércoles, 23 de agosto de 2017

¡Hasta luego, "policía" Guillermo de Castro!!!


Cordial, como siempre, me acompañó hace un año en un trabajo de campo para recoger la actualidad de Campoalegre de cara al posconflicto, en desarrollo de una serie de crónicas sobre los municipios huilenses más afectados por la violencia guerrillera, que fueron publicadas en el Diario del Huila.
En la sala de su modesto apartamento, parado frente a un espejo de medio cuerpo, me dijo en tono tranquilo:
-Catañito, ahora si me siento atrapado por las garras de su famosa parca...me estoy muriendo. 
Enseguida se me acercó, se empinó enérgico y frente a la imagen de los dos se irguió aún más y entonces vi a ese león combativo que siempre fue Guillermo de Castro en el ejercicio del periodismo.
-A ti no te vencerá el dolor, como nadie te ha vencido porque eres un personaje irreductible, le dije sin dimensionar la gravedad de su tenebrosa sentencia, que más parecía una de las  tantas premoniciones de su habitual charlatanería.
Puso su mano izquierda sobre mi cabeza, me miró fijamente durante unos 15 segundos y de sus ojos brotaron dos lagrimones, como piedras brillantes, que se disolvieron en su boca. Su dolor, ahora era mi dolor, que ya gritaba en mi corazón y el "policía" advirtió que su gesto de sinceridad había tocado mi sensibilidad.
Fue directo al escritorio y después de mostrarme sus libros publicados y los originales de otro, me ordenó:
-Tómeme una foto, llavecita.
Me regaló un ejemplar de todas sus publicaciones y las copias de su último trabajo que, según sus propias palabras, "será el último pero con él condecoraré a la muerte".
Meses después, me habló por celular durante varios minutos y por el tono de su voz y por los gritos desgarradores de su alma, me convencí de que ya no solo estaba atrapado por la parca, sino que también le había tendido su mano...que la condecoración deseada se la había quedado engavetada en su escritorio.
Con sus denuncias vehementes en el noticiero "Alerta", por la recién nacida Radio Reloj -que sustituyó a la Voz del Huila- recogió los gritos de impotencia de los sectores populares y con firmeza agresiva respondió a la amenazas reiteradas con las que pretendieron intimidarlo.
Muchas veces me lo encontré en los senderos que nos puso a los dos el calvario de la indisciplina y el desorden, pero siempre mantuvo su temperamento de apóstol apasionado y su genial capacidad para reírse de la vida. Fue uno de los mejores caricaturistas de la cotidianidad, especialmente de la de los Medios, los periodistas, locutores y controles de radio.
Me cuentan desde Neiva algunos colegas, que pese a la inmensidad de su pena, hasta hace menos de dos meses, "el policía" encendía la risa en cafeterías y en las afueras del palacio de gobierno departamental, burlándose de sí mismo con tétrica serenidad.
Los senderos de la confusión y la perturbación del orden y las doctrinas personales, lo llevaron hasta las calles de la "caliente" y peligrosa calle de El Cartucho, en Bogotá, en donde durante algunos meses se castigó de manera cruel,hasta asomarse a la fuerza irresistible del abismo. Pero la resistencia de su alma convirtió esa oscura expedición en un apasionante placer de su espíritu conquistador y contemplativo.
Se va un alma compleja y contradictoria, llena de especial luminosidad y discontinuidad, pero singularmente rica en energías contestatarias, muy escasas en el periodismo huilense. Un hombre de excesos y excepciones, a la vez, incomprendido por algunas "figuras" del periodismo "preciosista", estéril y genuflexo que adquirió cierta estatura en la provincia colombiana.

Nunca buscó el aplauso y desde siempre habló, en charlas de cafetería y en foros, de la pereza sublime que hizo famoso el personaje "Celio" y de la  envidia lívida que como sombra de rencor pasan  por muchos huilenses, la suficientemente mencionada antropofagia política, cultural, económica y periodística de los opitas.
¡Hasta luego, "policía" Guillermo de Castro!!
Siempre te recordaré como el periodista más apasionado por la sinceridad que tuve cerca, en la cabina de la Radio Reloj, a la cual llegué empujado por un gerente regional de Caracol, quien me sacó de la emisora básica, temeroso porque le descubrí su odio a la verdad.
En los últimos días, con los brazos abiertos a la desesperanza, el "policía" reclamó en vano la solidaridad de sus colegas, que apenas lo saludaron con las manitos frías de "todo bien" en las redes sociales, en una evidente actitud de fastidio y rechazo, similar a la que la sociedad adopta con los leprosos porque ni en la antesala de su muerte le perdonaron sus grafismos satíricos, amargos y hasta perversos con los que "bautizó" a muchas "personalidades" de la vida política, social, cultural y de los Medios del departamento del Huila.

Otro nombre que se agrega a la lista de los amigos muertos, que ya es más larga que la de los amigos vivos. Ya la vida es una avenida llena de tumbas y nos movemos en busca de la nuestra.
¡Hasta luego, "policía"!!, me alegró que te hayas separado de la línea que siguen los periodistas de tu querido Huila, al servicio del gobierno y los politiqueros de turno. ¡Tu cuerpo enjuto se disolverá ya mismo pero tu palabra entró en la inmortalidad, erguida y orgullosa,  como tu silueta levantada sobre los talones aquella mañana cuando te vi por última vez, llavecita!!


viernes, 11 de agosto de 2017

Con mi cometa en la cima de la vida



Sentados sobre un tronco tan viejo como nosotros, arrullados por el viento fuerte que sopla en "El Balcón del Quindío", adelante de Circasia, en la via a Pereira, el "Paisa" "Eusajo" interrumpió una de sus peroratas habituales y poniéndome una mano sobre el hombro me dijo:
-Elevemos una cometa
Como respuesta automática, una zozobra placentera envolvió mi alma de niño y me trasladó a los potreros del entonces barrio "El Jazmín", de Armenia, en donde, emocionado, me colgué del cielo muchas veces con el hilo de una cometa elaborada con mis hermanos, casi a escondidas de papa Jesusma y mamá Alilcia.
También lloré muchas veces porque la cometa de papel periódico, pegado con engrudo de yuca, no subió a pesar de los vientos fuertes de agosto que comenzaban en julio.
Sin el afán de las luchas cotidianas, en la tranquilidad del ocaso de la vida y convencidos de que los cuadros simples producen efectos admirables, llegamos al potrero en donde más de 400 cometas se movieron frenéticamente, en busca de los rayos de esperanza que cambien el paisaje de tristeza de este país jodido por la corrupción y la politiquería, que son lo mismo.
La sucesión de las cosas nos pone muy lejos de la infancia y aunque hagamos esfuerzos, no podemos resucitar las emocionantes sensaciones que vivimos en la escuela. Pero con el recuerdo, las reconstruimos a medias y gozamos con esa evocación.
En el centro de ese potrero, desde donde se ven los rayos del sol reflejados en los techos de las casas y en la torre de la iglesia de Salento, el municipio mas antiguo del Quindío, con la magia de los pájaros y mariposas de verdad y con los de papel y plástico, sintiendo, los efectos del aumento de la temperatura, escuchando el rumor de voces alegres, confirmamos que detrás de una simplicidad aparente se esconden muchas historias, dramas, ilusiones y frustraciones. No solo por la decoración perfecta de la naturaleza en donde todo tiene vida propia, mucha luz y colorido excepcional, sino porque todo lo que vemos tiene trascendencia.
Los niños gritan; unos ríen, otros lloran porque se le reventó el hilo, se le fue la cometa o porque no llega el viento. Las mamas desenrollan las madejas de hilo o envuelven la piola regada sobre el pasto; los jóvenes "madrean" y "chimbean" por todo y los viejos le ponemos ojos a las cometas para ver desde lo alto nuestros sueños perdidos. Todas esas almas elevadas se tornan tempestuosas de euforia como el viento que las empuja.

Recordé una frase que le escuché al periodista Juan José Hoyos en una charla cuando trabajamos en "El Tiempo", según la cual, la fuerza de la descripción proviene de la intensidad de la contemplación, y entonces observé ese escenario cargado de emociones, con sus protagonistas reales, activos, sumidos en la recreación, a solo un hilo de distancia de sus problemas pero a cientos de kilómetros de sus amarguras.
¿Donde encontrarán placer aquellos que no le dan trascendencia a las cosas simples, que luchan por cosas que no necesitan, que solo tienen tiempo para sufrir, que van por la vida a toda velocidad?
Elaboré una representación de lo que vi y sentí que este país cambiará cuando le sobrepongamos este tipo de escenografías que hacen florecer el alma, a esos paisajes interiores de duelo y resentimiento que persisten entre muchos colombianos.
De rodillas, tirando el hilo de manera compulsiva pues el viento se iba y las cometas caían casi en picada, incluida la mía de 2 metros, la mayoría de concurrentes sintieron que pegarse del hilo es un bálsamo para sanar el corazón, que es un placer que ilumina hasta lo mas profundo de toda la familia.
-Mirando la cometa, sintiendo el hilo que me quema los dedos, siento la libertad y quiero que mi cometa en forma de águila se vaya bien lejos, con un mensaje de esperanza que le enrollé en el arco, me dijo un ejecutivo de ventas, con su mirada luminosa perdida en el espacio. Estas esperanzas, las escribíamos en un papel, las poniamos en el hilo de la cometa y les decíamos "telegramas"...la cometa los recibía y tomaba sus decisiones.
El azul del firmamento, el blanco grisáceo de las nubes y el oro de la tarde, adornados con los multicolores de las cometas, formaron un tapete que durante varias horas decoró el paisaje en ese sector de Salento y cuando las aves de papel llegaron al limite o se agotó la cuerda, se escucharon los llantos de muchos niños y las voces de consuelo de sus mamás.
Una cometa que se desploma atraviesa el corazón de un niño, pero aquella que se eleva estimula la virtud de la elegancia, de la paciencia, de la destreza, del triunfo. La envidiable candidez de una niña de 10 años me sedujo hasta el punto de soltar el hilo de mi cometa para disfrutar su mirada extendida a lo largo de la cuerda hasta la nube que se tragaba su "paloma". Levantó sus brazos y lanzó un grito de victoria.
Algunas cometas son ingratas porque se desprenden de sus dueños, humecidas, unas; rotas, otras y algunas enfurecidas, contagiadas por la cólera del viento. Una cometa que vuelve aviva el orgullo y sus dueños sienten un aire de desprecio por quienes fracasaron en el potrero. Pero algunos, principalmente los niños, sienten que el triunfo sobre sus compañeros también les produce pena.
Algunos niños no elevaron cometas sino que persiguieron mariposas frágiles como ellos en busca de sus nidos pues corriendo y levantando sus brazos también sienten la libertad que inspira un campo verde rodeado de árboles, flores y pájaros.
-En dónde se refugiarán las cometas rebeldes que no vuelven y aquellas degolladas por el viento?

Unas van al bosque de niebla, arriba del valle de Cocora; otras caerán entre frailejones, algunas en el paramillo del Quindio o en las rocas de Peñas Blancas y asustarán a los polluelos de águilas reales. Todas ellas, solitarias, lucharán contra los huracanes de cosas hostiles que se levantan desde el corazón de los "dirigentes" de nuestro Estado mentiroso,injusto y antipopular.
De todas maneras, para muchos, la desaparición de sus cometas le hace perder el encanto a la victoria, pero los niños aprenden que somos impotentes ante la fatalidad. Pero también, que sobre la fatalidad se puede construir la esperanza.
-¿Por qué nos atrae el vértigo del espacio infinito?, le pregunté a "Eusajo" cuando bajé mi cometa presionado por los administradores de la finca que hicieron evacuar el potrero
-Porque ya estamos a punto de fundirnos con él, querido periodista, me dijo, en medio de una carcajada nerviosa. Porque estamos en la cima de la vida, donde comienza el descenso hacia el hueco eterno.

lunes, 31 de julio de 2017

"El Cóndor" que no tiene dónde posarse...



Después de muchas luchas tempestuosas con la palabra, de muchos laureles perfumados con el incienso de sus admiradores, de muchos cirios encendidos en su contra, de muchas sotanas y túnicas levantadas, de muchos placeres derivados de su pensamiento libre, el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal le contó al país, con un tono de inocultable decepción, que sus despojos no serán recibidos en el Cementerio Libre de Circasia, un campo que fue símbolo de la libertad, la tolerancia y de rechazo al fanatismo.
A pesar de su indignación por la decisión del comité administrador del cementerio, "El Cóndor" sigue su vuelo y desde las cimas heladas observa el color de sangre que tiene el amancecer de esta patria, ya no "boba" sino bruta, corrupta y politiquera, y a sus habitantes que desde el aire se ven como esclavos amarrados con las enredaderas de la mentira, como reses de engorde llevadas al abrevadero antes de su sacrificio.  Por entre las hendijas se filtran los rayos del sol naciente y por ellas, "El Cóndor" busca un patio decente en donde caer muerto, porque, dijo, "se van a encartar con mis restos".
También busca un patio decente mi condiscípulo del seminario menor de Armenia, Manuel Gómez Sabogal, a quien Gardeazábal designó como encargado de sus exequias y demás asuntos mortuorios, hace más de 20 años, cuando escogió su lugar en el cementerio Libre -en donde los muertos se enterraban parados como símbolo de la continuación de la lucha- pagó el valor del espacio y encargó al artista Jorge Vélez Correa de la construcción del mausoleo para encriptar sus restos. La obra está lista y su inauguración estaba prevista para los primeros día de agosto.
Fundado en 1930 por el dirigente liberal Braulio Botero Londoño, el cementerio fue símbolo de la libertad y la tolerancia, y del rechazo del fanatismo político y religioso que por la época imperó en Colombia. Fue, además, un triunfo sobre el  cura dictatorial Manuel Antonio Pinzón, quien prohibió el entierro en el cementerio local de liberales, ateos, suicidas, homosexuales y en general de personas que no fueran caracterizadamente católicas. La misma época del sacerdote y hoy  candidato a la beatificación para quien matar liberales no era pecado.
El florero de Llorente en el caso del cementerio fue la negativa del cura para alojar en su "camposanto" a un famoso espiritista y sus familiares fueron arrestados porque según el referido cura, el cadáver del "brujo", enterrado en la finca de la familia, producía una alta contaminación del agua destinada al consumo humano.
Con visitas frecuentes, através de crónicas orales y escritas, alusiones reiteradas al cementerio y con un discurso durante las exequias del fundador del cementerio, cuyos apartes son visibles para los visitantes, "El Cóndor" Gardeazábal hizo famoso al cementerio Libre, que hoy es un componente importante del paisaje cultural cafetero.
Más que un panteón, el cementerio Libre es un monumento a los librepensadores, es considerado un patrimonio arquitectónico del Quindío y sus historia contiene luchas y encarcelamientos contra sus fundadores y activistas que intentaron su reconstrucción las varias veces que fue destruido por el fantaismo político-religioso.
Aparentemente, los miembros de la junta administradora del cementerio pusieron su poder al servicio de la venganza, en lo que se considera como un intento de congraciarse con los curas, objeto de burlas y denuncias por parte del autor de "La misa ha  terminado", y con gamonales políticos sucesivamente objeto de sus críticas.
Arrebatarle la libertad hasta a los muertos es un exceso de venganza por parte de la junta administradora que ha perdido su esencia, se alejó del espíritu que inspiró su fundación y configura una traición a los principios de don Braulio Botero Londoño, quien se revuelca en la soledad de su tumba y reclama vehemente ante la prostitución de los actuales regentes del cementerio.

Al envilecimiento del cementerio por parte de sus administradores no le falta sino un decreto similar al que produjo la excomunión de Baruch de Spinoza para que se complete el dibujo de los fanáticos hoscos y serviles, lobos del servilismo, que sucedieron en el tiempo a la figura liberal de don Braulio Botero y su grupo de luchadores formidables que se impusieron a los retrógrados de la hegemonía conservadora.
Confiemos en que en el Quindío y en todo el país, salgamos exitosos de esta emboscada tendida por los perifoneadores del despotismo que pretenden arrebatarle a los liberales de verdad un espacio que además de bello resume la omnipotencia de las luchas colectivas.
Y a Gardeazábal, pedirle que mantenga su calma desde la inmensidad del espacio mientras pasa bajo sus ojos esta ola de incertidumbre que vivimos, pues muchos colombianos queremos seguir cobijados por el ala de sus luchas, por la cartilla de Hernán Peláez y por las güevonadas del divertido Rigoberto Urán.
Aunque llegue la noche, todavía no es tiempo de plegar tus alas...¡porque la misa todavía no ha terminado!!.
De todas maneras, si el sueño arrecia y la campana suena, siempre tendrás un espacio en el alma de tus lectores y oyentes.

miércoles, 26 de julio de 2017

Mi regreso al barrio El Jazmín de Armenia




Caminando por los senderos de la evocación, me tropecé justo en la esquina de la calle 36 con carrera 22, de mi natal Armenia, con una casa vieja en donde funcionaron algunas aulas de la escuela Jesús María Ocampo. Me detuve emocionado ante el recuerdo  de tanta belleza espiritual sepultada bajo ese rancho y, como arrancada por la fuerza de un huracán, emergió la figura del profesor Ramón Velásquez, con quien aprendí las primeras letras y de quien, asimismo, recibí los primeros castigos por mi conducta de diablo chiquito.
Sentí que no podía continuar sin dedicarle unas cuantas líneas a ese sector de la capital del Quindío, el antiguo barrio el Jazmín, lindo nombre de ese oloroso arbusto, de flores de 5 pétalos, soldados por la parte inferior a manera de embudo, que por asuntos relacionados con la politiquería, sufrió el cambio de nombre…le pusieron barrio Santander. Así son los políticos, cambian perfumes por conveniencias asquerosas, por mierda.
En la esquina del frente, funcionó la más grande tienda del sector, La Palmera, de Doña María Agudelo y su esposo Pedro Villamizar, y una cuadra más abajo, las aulas hermanas de la escuela en donde mandó con mucho criterio el profesor Luis E. Olarte, pero a quien se le salió de las manos muchas veces la anarquía escolar al paso de “Buche”, la demente incurable que entraba en crisis peligrosas de disociación de sus funciones síquicas cuando le gritaban su apodo, desde las ventanas de la escuela.
Zurda, con su cauchera de dos hilos sin orqueta, Buche fue durante muchos años un factor de perturbación grave, no solo en el barrio El Jazmín, sino en toda la ciudad y no es exagerada la afirmación de entonces, según la cual cuando una persona alcanzaba algún reconocimiento le decían que se había vuelto más famosa que esa loca. Mientras los muchachos estimulábamos los trastornos de la loca como una manera de interrumpir  la monotonía escolar, Buche comenzaba un periplo compulsivo y violento por todo el barrio, desde el parque hasta el paso del ferrocarril, por las calles 33, 34, 35 y 36. La gente se encerraba pero los “patos”, sacando la cabeza por los postigos –muy comunes entonces- gritaban el apodo y renovaban la pasión de Buche.
El sacerdote Fernando López, párroco de la iglesia de San José, con jurisdicción en el Jazmín, intentó en vano muchas veces apaciguar los arranques violentos de la famosa loca y algunos vecinos se vieron obligados a intervenir para protegerlo. En mi recorrido, vecinos del ahora Santander, recordaron la frecuente coincidencia de Buche con otro demente cuyo hábitat era la “Cueva del humo”, "Avenegra", pero que también incursionaba por el sector. Su mención, me recordó a otro loco, "Pinga Pérez", un manco alcohólico que merodeaba principalmente por los cafés y cantinas del centro de Armenia, de mesa en mesa, como lo fue Vallejo en Florencia. Personaje simpático que algunas veces, a causa de la sobredosis, ofrecía espectáculos bochornosos que obligaron la intervención de las autoridades.
Los escolares nos gozábamos a Buche, pero nos aterrorizábamos ante otro personaje siniestro de la época, el “Mono Pirobo”, un individuo blanco, alto, que usaba gafas oscuras, que nos acosó muchas veces con piropos de doble y triple calibre.  También recordaron a “Chencha”, una mujer bajita y coja que solo se perturbaba cuando le hablaban de su estatura. “Guacarí” y "Repollito" fueron otros personajes del barrio, satanizados por los muchachos pero realmente inofensivos. "Repollito", una mujer enana, se hizo famosa como fanática seguidora del entonces Atlético Quindío, y muchas posó con famosos jugadores para la prensa nacional.
Las familias Rave y Castañeda fueron las más numerosas del barrio, con sus pilares don Jacobo y don Félix, respectivamente, un conductor de taxi que con el paso de los años alcanzó figuración y reconocimiento en la empresa Tax Páramo.  Junto con don Kiko Mesa, Mercedes Rodas, la familia Quintero, don Tista Velásquez, Juan Casallas, Arcángel Espinosa, la familia Aguilar, doña Carlota León, con su fábrica de arepas; la familia Ramírez,  los hermanos Garcés, uno de ellos conocido como “Chonto” y excelente futbolista, el barrio creció con su nuevo nombre y comenzó la construcción de las nuevas viviendas que remplazaron a las casas de bahareque.
Esas horas inquietas de la niñez romántica y lirica, que ya son rumores lejanos del viaje que empezamos en el Jazmín, tuvieron el acompañamiento de la profesora Hortensia en la escuela de niñas Nuestra Señora del Carmen, y de don Diego Mejía Mejía, con los muchachos, que tomamos leche abundante y comimos  grandes pedazos de queso amarillo en los recreos, como parte del programa gringo “Alianza para el progreso”.
El servicio de transporte público lo prestaba la naciente cooperativa de  buses urbanos o buses blancos, que competía con la de los buses amarillos y era algo así como la empresa pobre contra la rica. Buses que salían de rutas nacionales, de expreso boliviariano, flota Magdalena y expreso Palmira, eran enganchados a la cooperativa sin cambiarles de pintura. Eran los parches de la empresa, pero los más preferidos porque representaban la renovación del parque automotor.
Las preocupaciones de hoy son demasiado tristes frente a las de entonces, cuando en medio de la jocosidad, el facilismo y especialmente la tranquilidad, se alegraban los momentos más trascendentales de la vida infantil. Las noches del alumbrado, de la velitas, transcurrían en absoluta calma, sin los temores de hoy derivados de la inseguridad, la violencia y la pólvora, y quizás una de las mayores atracciones era la de recorrer el barrio en una divertida tarea de recolección de parafina, con la que construimos figuras de distintas formas y tamaños. Hoy, las velitas fueron sustituidas  por las luces eléctricas y en las calles abundan los tacos de pólvora y los ladrones.
Además, muchos niños viven en las calles, con sus conciencias y cuerpecitos deformados por una sociedad que los satanizó por su pobreza y los marginó, los arrinconó a los vericuetos tenebrosos en donde aprenden a delinquir para sobrevivir. Esos niños que no gozaron en la escuela sino que sufrieron en las calles, son los delincuentes que te matan para robarte el celular.
Nostálgico de estos bellos parajes de la memoria, llegué a casa y entonces mi vida reapareció fría, desnuda y desgarradora, como si una mano traidora me hubiera puesto en la frontera de la realidad. ¡Claro!, en una fiesta del niño, mi mama me disfrazó de diablo, con cachos y cola…hice llorar a muchos pequeños y asusté hasta los mayores pero no he podido dejar de ser el diablo que me pusieron encima.

En esta esquina funcionaron varias aulas de la escuela Jesús María OcamppoEn esta esquina funcionaron varias aulas de la escuela Jesús María Ocamppo
CAlle 36 del barrio Santander, antiguo JazmínCAlle 36 del barrio Santander, antiguo Jazmín
En este sitio del barrio Jazmín transcurrieron mis primeros años de escuelaEn este sitio del barrio Jazmín transcurrieron mis primeros años de escuela

lunes, 24 de julio de 2017

¡Hasta luego, mi tetrallavecita Harveyloperaperez!!!

Se cumplen hoy 3 años de la muerte del periodista Harvey Lopera Pérez y quiero recordar mi "Hasta luego", escrito casi un mes después, como una renovación de mi solidaridad con su familia, amigos y periodistas del Caquetá

La obediencia política, la autodignificación del oprimido,  el resentimiento, la realidad objetiva de la opresión y los beneficios secundarios ante los ojos de sus amos, fueron las preocupaciones constantes de este guerrero de la palabra transformado en símbolo de la soledad.
En el aislamiento derivado de su enfermedad, mi tetrallavecita desnudó a los lobos con piel de ovejas y mostró con claridad los horrores de las cicatrices que dejaron sus dientes ambiciosos y corruptos en el corazón y en el alma de un pueblo, otrora luchador, que perdió su dignidad .
De escritor de cuartillas para la radio, con una relación más directa con la gente a través de la cotidianidad, con sus penas y ambiciones, con anécdotas, quejas y tonos lacrimosos, así como con sus pequeños éxitos, pasó a la crítica propositiva, incoherente algunas veces, pero siempre movida por la buena fe y por su espíritu combativo.
En un medio de mezquindades y limitaciones severas para los críticos, para aquellos que no tenemos el incensario prendido y el reclinatorio limpio, Harvey siempre llamó la atención por la autorepresión y nos mostró a   las víctimas como agentes puramente pasivos ante los ojos de sus opresores.
Con sus diarios apuntes en las redes sociales, fue un gran iluminador de los imaginarios populares y una piedra en el zapato para los perversos que en vano intentaron subestimarlo o tergiversarlo. Sus amigos, sus lectores y sus contradictores siempre interpretaron lo que estuvo oculto o detrás de sus palabras.
El desconsuelo y la desesperanza fueron sus principales ingredientes del último año, en un esfuerzo permanente por ocultar su miedo, su terror y sus angustias ante la inminente invasión de la parca, esa horrible pesadilla que conjuntamente bautizamos como la danza de las tres viejitas de la mitología. No es otra cosa que la simple adulteración de la realidad con las palabras, como la aceptación del propio fin del destino, del tizón que, ardiendo, se desvanece y nos deja el humo sin semilla pero con mucho miedo, llavecitas.
Fue siempre un homenaje hacia su oficio y a su condición, un reconocimiento a la desolación, a la soledad, al silencio. Un poema para describir las nimiedades del hombre en la época de la tecnología. Una voz que confirma la sentencia aquella de que “el tiempo existe porque existe el pensamiento”.
Mi tetrallavecita salió a buscar, sin rumbo fijo, a quienes nos esperan desde hace mucho tiempo sin saberlo. A esos que al acercarnos nada nos dicen y, al tocarlos, nos dejan las manos raras, como untadas de polvo de alas de mariposa. Porque en la eternidad también ocurren encuentros…encuentros fantásticos con oyentes que hacen cola desde hace mucho tiempo para gozar con la palabra viva del muerto que llega.
¡Ya nos veremos, mi tetrallavecita!!!.