Después de la primera fotografía obtenida en 1826 por el francés Joseph Nicephore, y del primer proceso fotográfico de uso comercial logrado por Luis Daguerre, de donde surgió el daguerrotipo, que utiliza una placa de cobre, recubierta por una placa de plata pulida como un espejo, expuesta a vapores de yodo, aparecieron unos locos inmortales, virtuosos del entusiasmo que, con el sentido común y la visión de Don Quijote, se apoderaron de esos procesos, establecieron verdaderos laboratorios químicos ambulantes y le brindaron alegría a los sectores populares, al retratar la cotidianidad de manera casi instantánea y a la vista de todos.
Son los fotógrafos de cajón o de agüita, que se hicieron famosos en plazas, parques, ferias y eventos populares en momentos en que los estudios fotográficos eran un lujo, exclusivos de la "clase alta" que se pavoneaba con ostentaciones vanidosas en sus clubes privados y presumía con las "fotografías de estudio" en sus fiestas familiares elegantes.
De esa rebelión sobre un trípode rústico, sacada del entorno por el huracán de la tecnología, sobreviven unos pocos héroes que parecen estar clavados a los escenarios en donde fueron figuras del paisaje urbano. En medio del calor abrasador de Guayaquil, Ecuador, en el parque Centenario, a pocos metros del monumento a los próceres del 9 de octubre, nos sorprendió don Antón Calderón, a quien vimos mientras metía la cabeza y sus manos por entre un trapo rojo para manipular los líquidos al oscuro. Nos llegaron a la memoria estos personajes anónimos que fueron actores importantes en la identidad de pueblos y ciudades, esa identidad que se construye en los barrios, en las comunas, en los núcleos precursores de la sociedad, que se manifiesta principalmente en los parques y sitios de concentración popular. Con su cámara antigua, capta la imagen directamente sobre el papel fotográfico y obtiene un negativo, al que le coloca un material fijador. Enseguida, pone el negativo húmedo sobre un soporte frente al lente de la cámara y le toma una foto, espera que seque...y está la fotografía lista, claro, en blanco y Negro.
El desarrollo tecnológico y la popularización de cámaras instantáneas les quitó, de a poco, su protagonismo y su forma de generar ingresos y entonces los fotografos del pajarito y el cartel se fueron diluyendo en el olvido y en el escenario público. -"Este trípode está prácticamente sembrado aquí porque llevo 60 años convirtiendo la gente común y corriente, en seres inmortales", nos dijo don Antón, que siempre está acompañado de su esposa, doña Anita, quien se conmovió por el impacto causado entre nosotros, un fotógrafo y un periodista colombianos, por ese dibujo prácticamente desaparecido en el país de García Márquez.
Un niño preguntó por el caballito para tomarse la foto montado en él, pero el cucho le dijo que tenía un pajarito que cantaba muy bonito y que sus notas quedaban en las fotos. El niño no le comió cuento y entonces le pedimos que nos hiciera nuestras fotos. Volvió a meter su brazo izquierdo por entre la manga maloliente, sus dedos se mueven cuidadosamaente, como los de un cirujano, toca el papel fotosensible y lo desliza hacia una cubeta con agua. Ese proceso es vigilado desde un visor de vidrio en el techo de la cámara misteriosa; mi foto empieza a surgir del papel como un fantasma que sale de la neblina. Hace un enjuague breve y le manda el fijador. Sacando la mano, extrae el negativo húmedo y con la velocidad de un relámpaago, lo coloca frente al lente para retratarlo de nuevo. Con un par de pinzas muestra la foto mientras el aire termina la revelación. Con unas tijeras viejas, recorta los papeles y nos entrega las fotos, que obviamente, no tienen la calidad ni la resolucion de las que tomamos con el celular o las cámaras profesionales.
-Y el canto del pajarito, dónde quedó, le pregunté
-No alcanzó a quedar, pero dentro de 50 años tus bisnietos y tataranietos podrán verte porque desde este momento te volviste inmortal, señor periodista.
Entré en una laguna de nostalgia, ese afecto y melancolía hacia los viejos tiempos y, velozmente, pasaron por mi cabeza las imágenes de los juegos con parafina los días del "alumbrado", las noticias perifoneadas por en personaje del pueblo, las esperas hasta de 48 horas para disfrutar de un helado en las neveras de petróleo, los juegos de "bolas" -hoy les dicen canicas-, las "calles" de trompos, con su "puchador", llamado también el de los "quiñes", los escondites, la "lleva"...hasta las primeras caricias, por lo regular con una prima...pero, por sobre todo, ¡la falta de responsabilidad!
-Son 20 dólares, dijo don Antón
-Pero acordamos solo 10, le reclamó Jorge Enrique, su colega, mi compañero de expedición.
Sí, pero en ese acuerdo verbal no incluimos la inmortalización, respondió con una sonrisa, poniendo su brazo mágico sobre mi hombro derecho...¡ese brazo que apenas unos minutos antes se estiró hasta el siglo XIX.
En las horas decisivas de la humanidad, los locos siempre han alumbrado el paisaje repetitivo de los hombres normales. Cuánta faltan hacen hoy cuando, a pesar del desarrollo, la globalización y la inmediatez, estamos asustados frente a los ojos de lo infinito, una noche profunda, más profunda que la misma parca.