quello que tiene que ver con la vida de la gente, con su trabajo, con sus idilios, con sus anhelos, con sus fatigas y con sus conquistas. Es la cultura de un pueblo, es la cultura cafetera, son los corazones de todas las personas que se mueven alrededor del grano; de los antecesores que hicieron rugir la selva y soportaron todas las tempestades; que convirtieron a Colombia en un territorio fértil para las cosechas y para la convivencia. Del mismo modo, las historias de otros personajes complementarios de la actividad cafetera: del chofer, del comprador del grano, de la profesora de la escuela veredal, del negociante de plátano y naranja, y hasta del sacerdote que esperaba a los campesinos en la misa de 10 de la mañana todos los domingos.
Ante el avance acelerado del crepúsculo de la vida, me aferré a este momento, percibí el cafetal como mi entorno natural, sentí que un rocío de ternuras caía sobre mi y reviví las primeras caricias y besos que me dieron debajo de un frondoso cafeto algunos años después.
Me emocioné con el proceso organizativo y de luchas del pueblo, cuando los campesinos, docentes, trabajadores, algunos sacerdotes y religiosas se unieron y con una vitalidad de fuerza reclamaron con vehemencia sus derechos y propusieron opciones para caminar hacia el bienestar de la comunidad.
Por momentos necesité valor para recordar mi vida pasada, específicamente cuando la película pasó por los años violentos de la llamada "guerra del Caquetá", el narcotráfico y los últimos años del conflicto armado.
"Una taza de café es el proceso o la cadena que se inicia desde la genética del árbol, el cultivo, la recolección, el beneficio y la misma preparación", me dijo mi sobrino Javier, reconocido como uno de los personajes que más conocen de cultura cafetera en el Quindío. "La mejor taza de café la definen las preferencias, los gustos del consumidor, pero por lo general se busca un café que tenga un balance entre el ácido, el dulce y el cuerpo, añadió tomándose un sorbo de un café filtrado que prepara con meticulosidad, en un ceremonial repetido que incluye el precalentamiento de los pocillos, la preinfusión de la bebida para disfrutar los aromas y el servido con aristocrática atención. Y como sabe de mis preferencia por el espresso sencillo, me puso el néctar de los 14 gramos con la temperatura y presión adecuadas. En cuanto a los cafés especiales me explicó que reciben ese nombre porque son cultivados en zonas especiales, con cuidados igualmente especiales, con tecnologías de procesamiento y producción únicas, que no tienen defectos y por tanto dan una taza exclusiva.
Aunque para muchos, en el crepúsculo de la vida todo se oscurece y sus asuntos se tiñen de miedos y negruras, personalmente me siento feliz entre los perfumes del café, cuya cosecha ya comienza, entre pétalos de flores que encuentro en el camino, entre el canto de los pájaros que llenan el alma, como el Mochilero en el Caquetá, y el Carpintero en esta región cafetera.
Por la noche, en medio de chistes y chismes, hice una pausa y les recordé la escena dolorosa que presencié en una escuela del Caquetá durante las recordadas movilizaciones cafeteras del 2015, violentamente reprimidas por el gobiero de Santos: un niño precoz me mostró la foto de la mano cercenada de uno de los manifestantes del movimiento cafetero de Calarcá, que amplio y pegó en una cartulina para pedirle explicaciones a su profesora. No me pude tomar el café y simplemente le dije al niño: no creo que tu profesora pueda explicarte lo de la mano.

