miércoles, 19 de agosto de 2015

En Florencia, embriaguez de recuerdos

Volvimos a Florencia para la presentación de "Amor y Guerra en el Amazonas", de Jorge Pulecio, y el acto fue una embriaguez de recuerdos, como haber corrido la cortina que oculta las primeras tempestades de nuestro pensamiento libertario, de la lucha por la igualdad, durante una de las más exitosas y recordadas etapas de confrontación del pueblo con sus opresores, en los años 70s y 80s.
Mi alma se rejuveneció con esa visión de la mañana de mi vida en la que un grupo de muchachos rebeldes nos llenamos de ilusiones y pensamos que podíamos cambiar el cacicazgo por la participación política de la gente en las decisiones que la afectan y hasta pensamos en que nos alcanzaba para participar en una revolución que cambiara la opresión y explotación por por la justicia social.
Fue una noche emocionante en la que, entre lágrimas y anécdotas, revivimos sueños, desengaños, romances. sombras, fantasmas, y vimos, del mismo modo, el horror de las torturas, las desapariciones. la muerte y los besos de los difuntos, en un verdadero cementerio de recuerdos.
Vimos, asimismo. la gran contradicción entre los deseos, los anhelos y las condiciones objetivas de la lucha desigual, que marcó un proceso de ruptura y frustración que, a su vez, desembocó en la infelicidad y en la persistencia de la búsqueda del dolor antes que el placer. Llegamos al punto de que sufrimos para sentirnos vivos, para creer que hacíamos lo justo.
Cuando Raquel Elisa -la viuda de Henry Millán- me abrazó al terminar mi intervención en el acto, vi en la humedad de sus ojos la huella imborrable de la violencia hijueputa que nos atormenta y recordé aquel día estremecido de 1993 cuando a la oficina de prensa de la gobernación del Caquetá llegó la noticia de su asesinato, así como la carrera que hice con Luis Angel Sánchez para ver el cadáver, todavía tibio, del dirigente, del amigo, del compañero. Vi, impotente, la tristeza y la ira por el ultraje de la memoria de uno de los más caracterizados dirigentes de izquierda que tuvo el Caquetá.
Era el comienzo de la degeneración de las disputas ideológicas y la utilización de la fuerza para eliminar al contradictor, de la intolerancia y la incapacidad argumentativa para defender un punto de vista.
Y vi a Angela, otra de las viudas que nos dejó la guerra en la que participamos con honestidad. De su tristeza surgió la carcajada sonora, parecida la de Javier, como un homenaje permanente al compañero, quien en medio de risas, confiesa, en el libro de Pulecio, cómo lo mataron.
Vi a muchas  víctimas viejas y de ahora, con sus problemas morales y materiales, con su ira contenida, condenadas a vivir con su dolor y sin la verdad de lo que pasó entonces. En sus vidas, vivir con el dolor es un deber.
Misael Perilla, Fabio Espinosa, la esposa e hijos de Fabio Sanchez, el hijo del "cojo" Pastrana, los familiares de Rodrigo Pérez y hasta allegados de Conrado Marín, están en la lista de quienes la voz de sus familiares y allegados muertos resuena en sus oídos cada día, al levantarse.
La presentación de "Amor y Guerra en el Amazonas" fue mucho más que un acto académico, fue un autohomenaje que nos hicimos con todas las rosas del jardín de los recuerdos, iluminado con las luces de las victorias que tuvimos, aunque opacado momentáneamente por las humillaciones y por la muerte. Y, además, acompañado por la visión quimérica que nos deja un proceso de paz en el que dos de los tantos agentes de violencia intentan llegar a un acuerdo.

Y, aquí en este punto, recuerdo que uno de los asistentes al acto me habló de su pesimismo porque, me dijo, "para garantizar el éxito de un proceso de paz es necesario involucrar a todos los protagonistas de la violencia, como los paras, los corruptos y la oligarquía".
La corrupción, efectivamente, es generadora de violencia pues un campesino que pierde a su hijo mordido por una serpiente, ante la falta de suero anti-ofídico en un lejano centro de salud, incrementa su antipatía, desarrolla odio contra el Estado y sus agentes, y se convierte en un elemento proclive para la violencia.
Pero no existe un compromiso mediante el cual los corruptos cesen su voracidad, como tampoco existe una actitud que le permita a la gente visualizar acciones en favor de la justicia social.
También nos reímos con las anécdotas de la cotidianidad y recordamos con placer los momentos en los que, como dice el libro de Pulecio, comíamos pan blandito y tomábamos coca-cola. Y hasta se los pedíamos a las compañeras.
Los mismos síntomas experimentamos en Ibagué, en donde también la colonia caqueteña asistió a la presentación del libro de Pulecio. "Toño" Marín y Nohora Huertas, comandaron la "gallada" que llegó a la universidad del Tolima para conocer la obra del exsecretario de educación del Caquetá.
Desde la mesa donde nos instalamos los comentaristas de la obra de Pulecio y durante el coctel posterior, me distraje por momentos, extraído por una reflexión: la violencia es triste y dolorosa de sufrir, pero también es muy dolorosa de contemplar.

viernes, 7 de agosto de 2015

"Amor y Guerra en el Amazonas", un poema, una crónica y una novela al mismo tiempo




Al comenzar el relato de mis percepciones tras la lectura del libro de Jorge Pulecio,  y  evocando las directrices aprendidas en mis clases de lingüística, pensé en el común denominador que tienen los críticos literarios y los comentaristas deportivos. La mayoría de los primeros, sin haber escrito ni un madrazo, pontifican sobre las obras y ridiculizan al autor que los ocupa. Y los segundos, sin haber jugado un solo partido, aparecen como los mejores técnicos y se consideran infalibles en sus comentarios, principalmente en cuanto al fútbol.
Los críticos literarios se rompen la cabeza y recurren a métodos singulares para hacer explícito lo que está implícito en una obra, siempre pegados a las normas, a la academia, a los formatos que se aprendieron de memoria. Dan la impresión de saber tanto, que uno no se explica para qué putas leen.



Por un aprendizaje hecho costumbre, siempre busco en una obra aquello que está más cerca, que me pueda ofrecer, sin mucha academia, elementos para reflexionar porque, al fin y al cabo, leo y escribo como un ejercicio curativo para la soledad, para ampliar las opciones de reflexión y para enriquecer mis argumentos  de queja e inconformidad.
El mejor momento en el proceso comunicativo y, claro está, en  la lectura de un libro, es aquel cuando el emisor o autor le dice a Uno las cosas que estaba esperando, cuando se aumenta el placer, cuando uno identifica el interés de la lectura como auténtico, no importa la forma, ni los códigos morales o sintácticos que utilice el escritor para meter su mensaje en el alma de quien lo sigue.

Tras la decepción de Amparito Rosales por causa del enamoramiento homosexual del director del grupo de baile, me enamoré de las primeras manifestaciones de realismo mágico que trae la obra, al mejor estilo garciamarquiano, plasmadas en el capítulo Manigua, cuando -,me imagino que por la desesperanza social- el autor introduce el suicidio como alternativa para oponerle a la frustración, pero el personaje solo naufraga en "un tinto negro de café quemado" y abre una ventana en su cabeza.




Aquí es cuando los placeres de la lectura se confunden con el bien público que siempre ha tenido el autor como regla de comportamiento pues llega el capítulo de mayor actualidad, un anhelo popular que lucha contra el grupo de guerreristas, comandados por Alvaro Uribe. Se llama  "Guerra después de la guerra", que no es otra cosa sino una visión y un sueño del momento más esperado en la historia de los últimos 60 años, es un retrato de Colombia, un retrato que no tiene sangre, ni hambre, ni sed aunque los ríos hayan extraviado su curso o se hayan convertido en cloacas de pueblos y ciudades antes de llegar a los puentes. Es un retrato imaginado de la Colombia anhelada por todos.
La metáfora es muy elocuente y clara: los cuerpos de los muertos viejos se reincorporan y hasta las calaveras, con sus muecas y cicatrices, recogieron sus partes dispersas, en una resurrección gloriosa, como la que espera la mayoría de colombianos. Porque "no hay tiempo para el miedo ni para la duda".
Mis percepciones están lejos de ser un análisis de la obra del compañero Pulecio, y por tanto  me declaro exento de gravámenes que me puedan imponer los críticos de las letras aquí presentes.
En algunos libros, sus personajes no pasan de ser unos signos en una página, sin pensamiento propio, con un vocabulario intrascendente o extravagante. Pero en este libro, la selva, como personaje, como escenario principal, usa un lenguaje que deleita unas veces y que conmueve, otras. Porque nunca duerme, siempre sueña. Y también utiliza el lenguaje corporal pues abraza en las noches a sus habitantes verdes, a sus animales verdes, a la inmensidad verde que limita con el azul eterno.
Este poema de Pulecio nos muestra, en texto y en fotos, un pedazo de la historia del Caquetá, nos señala la capacidad de organización y de lucha de un pueblo que remplazó su inconformismo por el silencio y la resignación…por la muerte en vida. En el texto correspondiente al capítulo “Decisiones” se reviven aquellos momentos cuando “tomábamos coca-cola y comíamos pan blandito pues a toda hora estábamos de afán, hasta para hacer el amor…siempre, nos recuerda Jorge Reynel, ocupados con el tema de la coyuntura y el inmediatismo  porque “mañana podemos estar muertos”.
Al cierre de ese capítulo de valor, de participación ciudadana en los asuntos que le afectan, vi con nostalgia, entre lágrimas, el cartel de los candidatos del entonces Frente Democrático, como red con la que nos propusimos convertir en fuerza electoral el histórico auge de masas de entonces. Muchos de ellos están muertos porque la lista de amigos muertos ya es más larga que la de los amigos vivos. Y es evidente que algunos de ellos ya están muertos en vida. Ustedes los identificarán. O hasta dirán que Cataño también lo está, aunque no esté en el cartel…



Pulecio nos cuenta que se puso a llorar con el relato de Humberto Lozada, cuando dejó ver la carrilera central de su cabello negro, segundos antes de confesarle: Tú sabes que me pegaron un tiro. Me detuve a llorar con el autor pues recordé que no solo a Lozada le pegaron un tiro…también a Gerardo Perilla, a Rodrigo Pérez, a Javier Sanabria y a muchos más de quienes estuvieron en las luchas cotidianas de los campesinos, de los profesores y del pueblo todo cuando el paro por la interconexión del Caquetá. A otros, como Fabio Sánchez y Conrado Marín, el destino no les pegó un tiro pero sí les hizo una mala jugada que les costó la vida en cumplimiento de tareas a favor de los sectores populares. Esos tiros también asesinaron la combatividad del pueblo caqueteño, que de la beligerancia y de la rebeldía pasó a ser como el ganado de ceba…lo engordan en las campañas electorales, lo llevan hasta las mesas de votación, como llevan al ganado al abrevadero antes de sacrificarlo.
En el capítulo “La Confesión”, a los lectores les puede parecer que se trata de nuevas figuras literarias del autor, de hipérboles brillantes. Pero, no. En este pasaje del libro, Pulecio tampoco utiliza metáforas sino que recuerda con claridad y con horror las torturas que sufrimos quienes mantuvimos posiciones firmes, apegados a la verdad que habíamos abrazado. Las crucifixiones, las castraciones, los cortes de falanges, las inmersiones, las intimidaciones, no hacen parte del realismo mágico que el autor aprendió de García Márquez. Fue un realismo amargamente doloroso. Muchos de quienes estamos aquí, sabemos que no se trata de un relato imaginado porque lo podemos comprobar con las cicatrices del cuerpo y del alma.



En el capítulo sobre el Cojo Pastrana, la tristeza aterriza de nuevo y se aviva la indignación con la declaración del exalcalde Gustavo Petro, en la cual admitió que el M-19 fue el responsable de su muerte, pero, según dijo, “engañados por la BIM” (Brigada de institutos militares). Cómo les parece, la familia mata a un hijo querido y brillante por causa de los chismes del vecino, más o menos. Y, del mismo modo, cientos de campesinos inocentes también cayeron por el chisme, la conseja y hasta por envidia.
Lo que sigue, desde “Ell testimonio de Javier Sanabria”, “La cicatriz de los Gedeón”, “Tubalcaín y las borugas”, “Beyamid de mis amores”,   “Radiografía de un allanamiento continuado”, “Puentes desarmables”, De novia y de luto”, hasta “La machaca”, son relatos en los que la juventud de Pulecio, salpicada por el virus revolucionario, cae como una cascada sonora sobre el teclado.
Por momentos, el relato  se desmorona y hasta se pierde la identidad por sus excursiones prematuras al activismo político, como una devoción obsesiva con la que pretende, quizás, una sublimación de la frustración que sentimos, no solo Él sino todos los que hicimos parte de ese combo de idealistas cultivados, profetas en plan de conspiración.
El autor se levanta a tiempo de algunas versiones 
superficiales y como si supiera que la pérdida de la ironía es la muerte de la lectura, nos pone un poema,  “Soledades”,  que es un canto al telegrama que nunca llegó. En términos de hoy, es el whatssap que anhelamos,que esperamos, pero que nunca nos mandan.



Enseguida, denuncia en tono vehemente que “a la ciudad de los ministros no había llegado entonces el ruido de la guerra del Amazonas”. En Bogotá ignoraron la guerra hasta cuando cayeron los primeros muertos de su rancia aristocracia.
Al escribir, por momentos se pierde el horizonte y a veces no sabemos para dónde vamos…y el lector lo percibe…pero esas “lagunas” desembocan muchas veces en sobresaltos emotivos, dramáticos. Pulecio se sacudió y nos premia con unas metáforas de ensueño al decirnos, por ejemplo, que el sol y la luna engendraron una gran serpiente sagrada que habitó el Amazonas y quiso tanto esta tierra, que un día parió un indio para que amara la selva…y su primera palabra fue Araracuara!!!..
Este libro, Amor y Guerra en el Amazonas, es un torrente de sentimientos humanos, narrados en lenguaje humano y creo que hasta hoy no ha existido en el Caquetá un autor con tanto dominio  de la retrospectiva y con tantos fantasmas literarios para exorcizar su lectura. Personalmente lo considero una lectura asombrosamente curativa, un placer para quienes leemos por necesidad, para aprender a participar en el proceso de cambio de tantas cosas malas. Porque, como advierte Jorge Pulecio en su obra, “América está  pobre, saqueada en sus minas, sus tierras y sus hombres.
Y aquí, Yo también doy un gran salto, desde las marañas imaginativas de Pulecio y los fantasmas que se alzaron ante Él, por encima de los capítulos de “La laguna Jatuncocha”, “La Canoíta quinqueañera, “La declaración de amor a Amparo Rivera” y hasta me esfuerzo para salvar el capítulo de homenaje a Monseñor Cuniberti… y caigo sobre dos locos: el viejo Napo, que se volvió loco, loco de tanto soñar y el otro no menos loco,  Mario Moro, quien se mató de un tiro de escopeta en su pequeña finca de Florencia para fugarse del fastidio y del horror que almacenó como consecuencia del "amor y guerra en el Amazonas”.


miércoles, 22 de julio de 2015

¡Hasta luego, San Andrés!


Mañana seré un fugitivo de esta isla paradisiaca que, aunque en franca decadencia por causa del mal más mortífero que sufre Colombia –la corrupción-, es un un escenario perfecto para quienes nacimos con una imperturbable tendencia al goce.
Estoy seguro de que soñaré con su mar multicolor, con sus playas atestadas de turistas, con el enjambre de motos en sus calles semicirculares, con sus nativos descomplicados, indiferentes y descorteses. Con sus taxis de media gama, con sus basureros, con su clima sofocante.

Es como huir del placer, de ese exquisito emparedado entre el mar, el viento y el firmamento, pero también del sentimiento de soledad que viví cuando apenas asomado al mar caribe desde el espolón cercano al hotel Casa Blanca, sufrí el vértigo que produce el abandono. Me vi solo en la vida, frente a la inmensidad marina y la del firmamento y entonces retrocedí asustado en busca de los Jorge, Enrique y su sobrino-asistente Harley, mis compañeros de viaje.
-No te preocupes, me dijo una voz desde mis entrañas, el pensamiento es mas extenso que el mar y el cielo juntos.
Cuando me suba al avión estaré seguro de que sus pasillos son el comienzo de un camino al que podré volver solo con mis palabras, cuando en mi natal Armenia, en la amada Florencia, en la calurosa Neiva, o donde me toque asilarme en la hora crepuscular, tome mis apuntes y mis notas para repetir este recorrido.
Los vendedores, los trabajadores de las playas, las lindas mujeres, la anarquía de su movilidad, el conformismo de sus habitantes, los altísimos precios de las mercancías y los alimentos; la arquitectura patrimonial y algunos iconos urbanos socabados, la corrupción en la oficina de tránsito, que cobra las placas de las motos pero desde hace 10 años no las entregan y, desde luego, sus olas mansas heridas de muerte por los arrecifes coralinos, tienen un espacio en mi cerebro, otro virtuoso de la inmensidad.
Gocé, intenté con frenesí hacer parte de lo que vi y asimismo atormenté con mi palabra cada vez que fue necesario, como en la emblemática iglesia Baptista, en donde sostuve que el dinero está por encima de su doctrina. Y en el aeropuerto cuando señalé la ineficiencia de los funcionarios de la OCCRE y las arandelas innecesarias que le ponen al ingreso de sus compatriotas a la isla. Y mucho más tormentosa fue mi pregunta sobre el destino que toman los recaudos por concepto del altísimo impuesto que le cobran a los turistas -colombianos y extranjeros- por su ingreso a la isla. Hagan las cuentas, cada visitantes paga $50 mil y todos los días llegan, en promedio 2.000 personas.
También, con la vena de mi humor ácido, estimulé sucesivamente el intermitente cascarrabias que camina dentro de Jorge Enrique junior, como herencia -tal vez la única notable- de su papá, el siempre recordado con cariño, “pájaro verde“. Pero, al estilo de Don Quijote y Sancho, pocos minutos después de cada refriega, nos reconciliamos sin resentimiento, como dos hermanitos que pelearon por un juguete descompuesto. Quizás el sobrino-asistente, Jose Harley, resultó damnificado por causa de los altercados, pues su desconcierto le hizo cometer errores que fueron cobrados a muy alto precio por su tío. Perdió un par de audífonos finos y se “tiró“ algunos lentes del costosísimo equipo fotográfico de su Jorge junior.

La lealtad y el afecto mutuos sobrevivieron y tal vez se enriquecieron porque, de manera no deliberada, nos expresamos como críticos severos de la unanimidad. Nos formamos en el debate y la sana controversia y por esa razón tenemos la tendencia a contradecir, o al menos, a dudar. Y también porque somos el producto de una sociedad que no nos enseñó a escucharnos entre nosotros mismos. En mi caso, se trata de un comportamiento involuntario, derivado de la costumbre negativa de hablar sin parar.
San Andrés tiene, como algunos libros, muchas paginas positivamente perturbadoras de la conciencia, que nos lanzan al abismo del suicidio, nos enamoran de un personaje fatal y hasta nos enferman con el virus del amor. Cuando leo, me apasiono con el placer de la ironía y de la metáfora. Cuando viajo me gusta hacerme reo de la naturaleza, pagar con alegría y escritura el precio de su demanda y sentir el gusto de la fuga.

lunes, 20 de julio de 2015

El VANT “pajarito“ transforma la perspectiva. Porque ya no hay posiciones imposible de observar


Los VANT -vehículos aéreos no tripulados- se convirtieron en drones por la asimilación del inglés que literalmente significa zánganos. 
Pero el dron “pajarito“ lo único que tiene de los zánganos son sus antenas largas y sus ojos poderosos unidos, convertidos en un visor sensible y en un sistema óptico que le permiten observar lo que no podemos desde la superficie. Es un personaje que comparte en igualdad de condiciones el éxito de la expedición, que precisamente lleva ese nombre como homenaje a Jorge Enrique Sánchez, inspirador y fundador del único periódico ambientalista que se ha editado en la Amazonia, y por causa de lo cual se ganó el apelativo cariñoso de “pájaro verde“.
Y el diminutivo se explica porque su hijo, Jorge Enrique, Junior, quien física y emocionalmente es una réplica del viejo, fue el promotor y financiador de este periplo por la Costa Atlántica y el Caribe colombianos.
Precisamente, su capacidad para mostrarnos lo que existe y lo que ocurre, pero que no está a nuestro alcance, transforma la perspectiva al dejarnos ver, por ejemplo, a los “reverendos“ convertidos en mundanos, los colores más vivos, al hombre del subsuelo y al desarrollado. Hasta las tristezas y las alegrías que desde lo alto, tienen su equivalente con las angustias y las esperanzas.

Algunas veces sufre humillaciones, como cuando se aproxima a zonas de exclusión aérea, entonces “pajarito“ se resigna y se retira, no sin antes advertir que lo han detectado, que le hacen seguimiento, que su condición ha pasado de mirón a ser espiado. Otras veces protesta contra la muerte pues se le han acabado las baterías y aunque no tiene la velocidad del avión, esa aparente desventaja se convierte en superioridad a la hora de ver con más detalles los objetos que enfoca.
El término dron ya fue asimilado por el diccionario de la RAE y pese a que su desarrollo se utilizó en la segunda guerra mundial, 
fue apenas a finales del siglo XX cuando estos equipos operaron con radio-control y todas sus características de autonomía.
“Pajarito“ tiene, como todos los de su tipo, algunas desventajas de tipo técnico pues su enlace vía satélite es susceptible de ser hackheado con el propósito de abortar su misión, pero en el caso de fotografía recreativa y artística se supone que no existen enemigos. Algunos envidiosos, solamente.
También sufre desventajas económicas por los costos de mantenimiento, pero las principales son de tipo ético porque muchas personas pueden ser fotografiadas y grabadas de manera ilegal, en distintos escenarios, lo que sería una violación del derecho de la intimidad.
Pero dejemos la moral tranquila, o mejor los moralismos hipócritas porque al estar confabulado con el grupo, “pajarito“ mira lo que le pedimos y, en más de una ocasión, desde su posición vanguardista, nos ha señalado la mentira, el delito, los cómplices, los “cruces“, las ausencias y hasta la pena que algunos sienten por lo que no tienen.

En las fotos y videos que nos hace “pajarito“, siento el viento y veo las olas que vienen desde los más remotos confines marítimos; los personajes ficticios de la politiquería, los muertos en vida, el azul intenso, el verde oscuro y las demás tonalidades que ofrece el mar multicolor en San  Andrés. También me ha mostrado la agonía del monte incendiado en Cartagena, los cazadores furtivos en el parque Tayrona, la pareja de novios que lo intentan todo debajo de un árbol frondoso y hasta las putas que se disputan los clientes con afán y empujones.
Anoche, cuando le hacían la limpieza y el mantenimiento diario de rutina, me quede mirando sus hélices, toqué su cuerpo y le hice una pregunta:
-Tú que todo lo ves, ¿cómo está el camino de la paz?, le susurré limpiando su ojo mágico
-En Colombia no habrá paz mientras no haya justicia social, me contestó una grabación.
Me desperté preocupado pues no pude explicarme cómo una grabación de hace 30 años, en la voz de Jaime Bateman, sonara con tono robotizado desde las entrañas de “pajarito“.
Tal vez porque se trata de un axioma político.

viernes, 17 de julio de 2015

Expedición pajarito Verde (7). San Andrés, un paraíso en decadencia


San Andrés, el archipiélago colombiano con una de las mejores playas de América, declarado por la UNESCO como Reserva de la biosfera; el destino soñado por colombianos y cientos de miles de extranjeros, con su mar multicolor y en donde sus nativos izan  orgullosos la bandera tricolor desde el 23 de junio de 1822, entró en periodo de franca e inocultable decadencia.
Como en “El paraíso perdido“, de Jhon Milton, las sombras de sus glorias pasadas ocultan las debilidades y fallas que marcan el comienzo de la curva descendente, rumbo a la ruina de este paradisíaco territorio colombiano que a pesar de su distancia con la Costa Atlántica -775 kms- fue contagiado del mayor mal del país: la corrupción.
Lugares y espacios emblemáticos de la isla abandonados, en ruinas parecidas a las que sufren algunos barcos encallados muy cerca de sus playas; las basuras amontonadas en los sectores periféricos, las calles maltrechas aún en sectores próximos al centro turístico y su arquitectura histórica-patrimonial consumida por la carcoma y los roedores, son los signos más evidentes del desinterés, del olvido oficial. 

La antigua casa de la cultura, en el corazón de la zona turística, simboliza el desprecio por el cuidado y preservación de los componentes importantes del entorno insular. Más que olvido, la decadencia es, inocultablemente, producto de la corrupción que se engulle de manera atropellada los recursos millonarios que ingresan a la isla.
San Andrés es el único territorio colombiano en donde los connacionales debemos pagar un impuesto para ingresar a su jurisdicción geográfica, equivalente a $50 mil por persona. A la isla llegan, en promedio, 2.000 personas diariamente, de las cuales el 80% paga el impuesto. Las demás son nativos a quienes no se les cobra.
Es una verdadera cascada de dinero, cuyo manejo y control no fue posible establecer de momento, pero para lo cual se solicitó información mediante un derecho de petición.
Las personas que identificaron al periodista en distintos sectores de la isla, le pidieron preguntar por ellos sobre el destino de los recursos provenientes de “esa mina de oro“.
La desorganización y el abandono son más evidentes, desde luego, en los sectores populares, pero en la zona comercial también se perciben señales de los destrozos y de la ausencia del gobierno.
En las playas no hay servicio de baños públicos y los hoteles prestan este servicio exclusivamente a sus huéspedes. Tampoco se ofrecen espacios con Wi-Fi gratis, como en otras ciudades.
De conformidad con testimonios recogidos durante varias horas de charlas con los nativos y visitantes, la inseguridad aumentó dramáticamente en los últimos meses se han registrado muertes violentas, aparentemente por ajustes de cuentas, y también se incrementaron los atracos a mano armada.
La mayor preocupación de los nativos está asociada al futuro de su sobrevivencia pues consideran que al ritmo que va la pérdida de imagen ante el mundo, en pocos años serán muy pocos los visitantes. Y ellos dependen del turismo porque actividades económicas como la agricultura desaparecieron por cansancio  de los suelos, y la pesca se redujo notablemente tras el despojo reciente de áreas marinas.
Personas que han visitado la isla desde hace muchos años, coincidieron en que “esto ya es un basurero“ y recordaron los días felices de sus paseos al archipiélago.
La insensibilidad por la suerte de la isla es notoria, del mismo modo, entre sus habitantes, muchos de los cuales no oyen ni ven nada, sumidos en una indiferencia, en una resignación tan sublime como el mar Caribe.

No se trata de un presagio. Es ya una realidad que se palpa, como la de estar rodeados de mucha agua pero sin agua para beber, en una realidad pasiva desconcertante como si el mar y el urbanismo, por si solos, como el ángel de la guarda, fueran su salvación.
Arrastrados por la rutina, como las olas que chocan contra los arrecifes coralinos o el viento que entrelaza las arenas y las basuras, los sanandresanos apenas comienzan  a sentir que su paraíso puede ser un infierno en pocos años si no se suman a las voces que ya promueven un cambio en las costumbres políticas que permitan poner al frente de su barco a la gente comprometida con el mantenimiento y mejoramiento de las condiciones que hicieron de este alejado pedazo de Colombia el sueño de miles de personas de todo el mundo.
Porque Satán, el héroe del poema de Jhon Milton, resuena en las heridas de la corrupción, en las extrañas sombras de la politiquería, en busca de un “Paraíso perdido“.

jueves, 16 de julio de 2015

Expedición pajarito Verde (6). “En el vientre de mi madre sentí el aroma de las cocadas“

Sandra Ballesteros, una palanquera que llegó a San Andrés antes de cumplir sus16 años, hace parte del enjambre de vendedores que circulan por las calles céntricas de la isla- principalmente por los alrededores de las playas- que exponen productos  y ofrecen servicios a los visitantes. Son los personajes populares de la vida cotidiana y quienes, además, sirven de conexión entre los turistas y la naturaleza particular del archipiélago.
Son el nudo que estrecha, cierra, afloja o traba las relaciones de los visitantes con hoteles, restaurantes, alquileres de vehículos o apartamentos; los que suministran la ropa, las gorras, las chanclas, los alimentos, las bebidas y las golosinas. Hacen las trenzas, un arte desarrollado en las playas, ese peinado que, entretejiendo el cabello largo y cruzándolo alternadamente, con municioso cuidado, ofrece múltiples opciones, no solo para la playa sino también para eventos especiales.
Son los conectores con los “pulpos“ que manejan el transporte a Providencia y los lugares cercanos de interés y los que controlan los motos acuáticas y otros servicios adicionales.

Y, los que como Sandra, endulzan la vida con las tradicionales cocadas, el almíbar de afrecho y agua de coco, cuya textura y sabor dependen de los modos de preparación.
Increíblemente, cuando le pregunté sobre cómo ve a la isla hoy, Sandra puso sus cocadas en un muro, ahí muy cerca a la tienda de Juan Valdez, y se puso a llorar.
-Perdóname, cachaco, pero estas lágrimas son sinceras, la isla está herida de muerte por causa de la negligencia de los políticos, por la corrupción, por la ambición y porque los que más tienen no tienen solidaridad con la gente raizal que cada día está más jodida.
-La isla no es solo urbanismo y turistas, aquí vive gente de carne y hueso que no tiene empleo, que no tiene vivienda y cuyos hijos deben ir a la escuela, añadió la vendedora, sinceramente conmovida.
-Tengo 4 hijos, 3 paridos y 1 adoptado y cada día cuando los mando para la escuela siento el dolor de ver las playas acabadas, sin baños públicos y la inseguridad creciendo hasta el punto de que ya matan a la gente, la atracan y a pesar de este territorio tan pequeño, no encuentran a los responsables.
-Pero tranquilo, periodista, que las penas, como las risas, son transitorias y confío en que dentro de muy poco tiempo los gobernantes se den cuenta de su olvido y la isla volverá a ser el paraíso que fue. Lo único que no ha cambiado ha sido ese barco encallado, me dijo señalándolo. Lo veo ahí en el mismo sitio desde cuando llegué de mi querida Palenque, me dijo.
Se declaró fiel, aunque admitió que tiene tentaciones, principalmente cuando su marido se va de viaje para el continente. 
-Tengo más de 40 años, me levanto todos los días a las 5 de la mañana, combino las labores de preparación de las cocadas con el alistamiento de los muchachos y la elaboración de las comidas, he sobrevivido a dos cirugías y a desde las 4 de la tarde salgo de la casa con el producto que me da lo suficiente para vivir con dignidad.
-Y recuerda, cachaco, que todos tenemos una cita, a la cual no le hemos fijado fecha, es la muerte. Esa fecha que le produce miedo a los mentirosos pero que los honestos esperamos como una gratificación y un descanso, me dijo poniéndose la bandeja cóncava en su cabeza.
Y se despidió con una ley de la oralidad informal: “el día es breve y el trabajo es una oración, un trabajo que aprendí desde el vientre de mi mamá porque desde allí aprendí a gozar el dulce de la vida“.

miércoles, 15 de julio de 2015

Expedición pajarito verde (5). San Andrés, naturaleza que modifica las pasiones


La magia del avión nos pone, en solo 70 minutos desde Cartagena, en un entorno visual, social, demográfico, climático y costumbrista muy singular y notoriamente distinto al del resto del país, una naturaleza única que tiene el lenguaje perfecto para emocionarse y el poder de modificar las pasiones. Aquí nos sentimos mucho mejor de lo que realmente somos.
Me apresuro a salir, pero en la calle  camino con lentitud y siento el mar bajo mis pies, veo que hasta los taxis son un componente del escenario particular que ya me tiene positivamente perturbado. Vehiculos de gama media con el letrero de "servicio público" interrumpen las camaradería de los vendedores, familiarizados con los turistas y con la belleza. Mis ojos y mi corazón saltan conmovidos y por primera vez siento que el tiempo y las palabras no me van a alcanzar para resumir lo que que observo.
Viajar es un placer que contrasta con la dificultad de poner en la pantalla del computador las cosas que vemos y los sentimientos que experimentamos, de tal manera que correspondan a las realidades, a las emociones, al enamoramiento, en fin, a la lectura que hacemos del lugar en donde nos encontramos.
Una línea blanca, debajo de la otra que separa al horizonte con el firmamento, me llama la atención y entonces me explican que se trata de las espumas formadas por las olas agonizantes heridas de muerte por la barrera coralina y gracias a la cual, propios y visitantes pueden disfrutar de las playas, libres del peligro que representa la furia del mar abierto.

Aquí no es necesaria la utilizacion de la creatividad, de la escritura imaginativa, para hacer un relato pues todo está ahí, a la mano, se te mete por los ojos y por los poros. empujado por el viento que llega, caliente desde el infinito, desde las entrañas marinas. Como los alcatraces que se se lanzan sobre sus presas con la velocidad de un relámpago, después de un sobrevuelo de inspección. O los barcos que se meten por entre la hoguera del sol agonizante agonizante; o el susto de los niños en el hoyo soplador, en el sur de la isla. Se trata de un fenómeno natural producido por una serie de túneles subterráneos que comienzan en los arrecifes coralinos y terminan en un solo agujero a varios metros del agua. Cuando la marea sube y una ola logra entrar con fuerza dentro de estos túneles, arroja el aire comprimido por el hoyo.
O la perplejidad que producen las bellezas naturales contrastadas con el descuido de la isla, a pesar de que cada visitante paga $50 mil por el ingreso. ¿En qué se invierten los recursos provenientes del turismo?, fue una pregunta que se hicieron los habitantes de los sectores populares al notar la presencia del periodista. Muchos recordaron con tristeza al exgobernador Simón Gonzáles y aseguraron que desde entonces "ya no se hacen obras importantes".

Sitios emblemáticos de la isla, como la casa de la cultura y el parque del sol naciente están en ruinas y en las playas no existen baños públicos ni servicio de internet gratis, que es lo mínimo que reclaman los turistas.
En todo caso y quizás perturbado por la belleza o por la susceptibilidad de un adulto mayor, he sentido una obsesión agónica por el goce de este viaje, un frenético impulso hacia la exploración, como una locura momentánea que alimenta esta expedición periodística, como un deseo de recuperar el tiempo perdido, como un trastorno positivo. Pero siempre divertido, complaciente, unitario, para gozar este trabajo como un paseo, como un descanso sin perder la capacidad de asombrarme por las cosas deslumbrantes y hasta tremendistas que nos brinda la diversidad colombiana, tan rica que siento dolor por su desperdicio.
Porque Colombia contiene la gloria y el desconsuelo, el cielo y el infierno pero la gente actúa como los personajes de una novela: frios, sin espeanzas, sometidos por la voluntad de su autor.
El jardín verde será nuestro destino y con él las fantasías furiosas, el duende, la bruja, la luna, el sol, el mar...y usted que con la lectura busca un placer, que me acompaña por esta naturaleza colombiana que se deja leer, que nos deja encontarnos con nosotros mismos.