Cuando soltaron el yate de 22 pasajeros en el muelle de Puerto López, Ecuador, y el capitán puso toda la potencia a los motores, sentí que todas las fuerzas se apartaron de mi cuerpo, y al mirar al horizonte por entre las olas verdes, casi negras, me sentí lanzado a un abismo profundo y vi los fantasmas del desamparo. Reviví el macabro momento de máxima soledad que sufrí en las ruinas de Armero, cuando el helicóptero americano de dos hélices nos descolgó sobre miles de cadáveres y se alejó. Hoy mi sensación de abandono duró pocos minutos y sentí la plenitud de la vida ante el paisaje asombroso pero ensoñador, el refinamiento de las sensaciones, el paisaje sin voz pero rumoroso, que con su aparente mansedumbre proyecta, del mismo modo, la brutalidad de las fieras que contiene. Los gritos de los pasajeros me sacudieron porque una de las 6.000 ballenas jorobadas que recorren miles de kilómetros desde la fría Antártida hasta las cálidas aguas del pacífico, resopló con fuerza el aire caliente y húmedo de sus pulmones a pocos metros de la embarcación, y un segundo después salió plena a la superficie, por otros pocos instantes.
Es un espectáculo emocionante, sin exagerar, creo que es el estado de máxima intensidad, de regocijo, de éxtasis jamás presenciado...es una emoción colectiva distinta a la producida por un gol, porque se trata de una emoción de alegría y placer, sin que represente un dolor para el vecino, como en un partido de fútbol. Se trata de saltos de cortejo, dicen los guías, pero también porque son mamíferos y necesitan renovar el aire de sus pulmones.
Puerto López es el epicentro de la concentración de turistas que pagan entre 45 y 50 dólares por el viaje que, además ofrece un recorrido por la isla de La Plata, a 40 km. de la costa, con una extensión de 1200 hectáreas, que hace parte del parque Nacional de Machalilla, de la cual se dice que es la segunda Galápagos. La isla tiene una sobrepoblación de "piqueros patas azules", que por esta época se encuentran en etapa de reproducción.
Doce embarcaciones llevan 250 personas todos los días y seguramente la presencia humana creciente puede tener efectos nocivos para la población de estas aves, que construyen sus nidos muy cerca de los senderos. El viaje incluye, del mismo modo, acompañamiento para baño del grupo en aguas próximas a la isla y sentí que durante esta actividad las aves sobrevolaron inquietas, tal vez porque los humanos les interrumpen su caza de subsistencia.
Los sobresaltos de los pasajeros son frecuentes, por falsas alarmas y nuevas apariciones, siempre fugaces e igualmente emocionantes. El sentimiento de abandono y soledad se convirtió en mi máximo asombro. Los aplausos sonaron al regresar a la playa, algunos turistas se abrazaron porque se trata de un hecho prodigioso...yo me incliné reverente y saludé esta obra suntuosa de la Naturaleza que merece los honores supremos...el mar, que tiene el poder para convertir su fuerza en espectáculo...
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