Hoy, es otra de esas fechas míticas que se conmemoran ritualmente pero en las que no se reivindican los legados político-ideológicos de los personajes recordados. La conmemoración casi ritual del aniversario del asesinato de Gaitán, hace parecer que su muerte fuera el legado más importante del caudillo liberal.
La mejor forma de vengar la muerte de Gaitán es persistir en la conformación de un partido que proponga, defienda y saque adelante las reformas que el pueblo necesita, sin tener que acudir a las alianzas coyunturales que a la postre resultaron muy nocivas para los intereses de la mayoría de colombianos.
El origen de la última época violenta en Colombia está en el 9 de abril de 1948, por cuenta de una oligarquía antidemocrática que recurre al asesinato cuando siente amenazados sus privilegios. Muy poco ha cambiado y después de Gaitán otros dirigentes populares han sido acribillados: Guadalupe Salcedo, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, Luis Carlos Galán, Jaime Garzón, por nombrar solo algunos.
Después de Gaitán, solo quedó la mueca de la elocuencia en el Congreso colombiano. Ahora solo escuchamos parlanchines ebrios de poder, corruptos e incapaces. La voz del pueblo ya no les cabe en sus gargantas. El pueblo ya no tiene representación porque la traición de los políticos deriva en ilegitimidad.
A los 78 años del magnicidio, ¿son posibles el desarme de los espíritus, la convivencia y la cicatrización de las heridas de la violencia??. Por lo que se observa en la actual campaña presidencial, el odio, la provocación y las trampas, remplazaron el debate argumentado paras conquistar electores y percibimos más histriones que candidatos, las estupideces despiertan carcajadas entre el público. Algunos de los pocos políticos que se esfuerzan, también han caido en el pantano y la soberbia. Pero, del mismo modo, existen vigorosas excepciones de quienes se levantan en medio de la tormenta y su aleteo formidable despierta esperanzas, llavecitas.
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