Tras la lectura de la nota de cotidianidad titulada "El entierro de la mano de Topo Gigio", Lucas Soria,
celador de la institución educativa Campo Elìas Marulanda, llegó a mi
casa "para contarle una historia de la tradición oral de Solano,
Caquetá, que se refiere a un entierro de verdad", el de don Jesús Jehová
Cortés.
Nos advirtió que las personalidades, características,
los detalles y en general toda la narración es verídica y no tiene
exageraciones. Además, reiteró el respeto por la memoria del difunto y
renovó su solidaridad con los familiares.
El señor Jesús Jehová Cortés murió en
desarrollo de violentos episodios que conmovieron a toda la población y
como se trataba de una de las personalidades más destacadas, a sus
exequias concurrió "hasta el perro y el gato", como dice mi mamá Alicia.
Y sin plañideras. Las casas quedaron solas y las mujeres se llevaron
hasta sus niños de brazos quienes con sus llantos completaron el cuadro
de lágrimas y dolor colectivos.
Cuando la cabeza del desfile
fúnebre llegó al centro del cementerio, la cola de la caravana apenas
pasaba por el parque principal. Descargado el ataúd junto al hoyo para
su sepultura, la gente ingresaba lentamente al cementerio, como metida en un embudo
gigante. De manera sorpresiva, un hermano del difunto, moreno, alto, de
pelo quieto, con el tórax de un levantador de pesas, saltó sobre la caja
mortuoria, la abrió bruscamente, apretó con fuerza la mortaja que
envolvía a don Jesús, lo abrazó y lo descargó de nuevo en el cajón. Con voz
trémula y a gritos preguntó: "¿quién fue el hijo de puta que mató a mi
hermano?", y empuñando un cuchillo de carnicería, le acariciaba la cara
al cadáver.
Asustados, los cercanos concurrentes emprendieron
carrera y un pánico colectivo se apoderó de toda la asistencia después
de que un charlatán gritó que el muerto se había parado.El brusco
reflujo del público hacia la puerta de ingreso dejó contusos y heridos
con las púas del cerco que demarca el campo santo y, empujados por una
ola parecida a esas que se hacen ahora en las tribunas de los estadios,
el grueso de la multitud quedó en el centro del parque, aterrorizada y a
la espera de que don Jesús, quien de acuerdo con la versión proveniente
del cementerio, se había levantado y venía rumbo a su casa, envuelto en
las sábanas blancas.
El hombre corpulento se quedó solo junto a su
hermano muerto y al cabo de una hora de espera y acosado por la
noche le tocó empujar el estuche con don Jesús hacia la fosa y sin
echarle tierra se vino de regreso. Al salir del cementerio se encontró
con una calle de honor que hizo la gente para celebrar la primera
resurrección en la historia de Solano, la del señor Cortés. Sin
comprender lo que ocurría, el negro grandulón caminó de prisa y entonces
doña Gregoria Collazos se desmayó con el supuesto milagro de la
resurrección y ese hecho aumentó la confusión. Cuando estaba a punto de
llegar a la casa de sus familiares, el hombre se acordó de su cuchillo y
se devolvió velozmente por entre la calle de honor y entonces la
gente empezó a santiguarse y en desbandada se metió a las casas ajenas
hasta el día siguiente cuando algunos pocos familiares de don Jesús
completaron la inhumación suspendida por el susto del moreno y el
cuchillo.
Buen relato, muy bueno!
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